[Felicité]. Personaje de «Un corazón sencillo» (v. Tres cuentos), de Gustave Flaubert (1821-1880). Se trata de una pobre sirvienta de provincias, enamorada durante su juventud y abandonada por su prometido, quien se ha casado con una mujer rica; luego, su historia se halla unida a la de la familia Aubin, a cuyo servicio entra y de la que ya no va a separarse.
Muy ignorante, de aspecto rústico, incapaz de expresarse pero de una gran sensibilidad y fidelidad, no es solamente leal, sino que su entrega es plena, y se manifiesta en la donación de sus fuerzas físicas y de toda su capacidad sentimental y en el completo olvido de sí misma. Siente una pasión tierna y fiel por Virginia, la hija de su dueña; vive casi su vida y sufre intensamente cuando la niña marcha al colegio de las Ursulinas de Honfleur. Siente un afecto también muy grande hacia su sobrino Víctor, a quien ofrece todos los domingos una parte de su comida.
Inconscientemente, la hija de la señora y el sobrino sustituyen a los hijos que no tuvo. Sin embargo, el destino le arrebata estos afectos: Víctor, hombre de mar, muere en La Habana a causa de la fiebre amarilla, y Virginia de una maligna enfermedad, en el pensionado. Lo que no pudo hacer por el joven lo hace por la niña; vela su cadáver hasta que se lo llevan, le besa insistentemente los ojos, reza una y otra vez en sufragio de ella las oraciones de los difuntos y luego le corta un mechón de pelo y se lo coloca en el pecho.
Un día, un viejo y apolillado sombrerito de la muerta que después de tanto tiempo va a parar a sus manos, hace llorar a la sirvienta y a la señora, una frente a otra, y el recuerdo, para las dos ardiente, hace que se abracen entrambas y confundan sus sollozos. El papagayo Lulu es el último afecto de Felicitas; sin embargo, el destino quiere que ésta sobreviva a cuanto ama, y también Lulu muere, posiblemente no de modo natural. Embalsamado, le venera casi como a un dios, y no cree pecar al arrodillarse ante el pájaro para rezar sus oraciones.
Poco antes de morir, percibe desde su lecho el rumor de la procesión del Corpus, y, buena cristiana, le parece como si tomara parte en aquella fiesta solemne; la sonrisa que florece sobre sus labios en aquel momento final manifiesta la beatitud de su alma. Junto a este eco religioso, una visión la consuela en la hora de su muerte: un gran papagayo suspendido sobre ella, imagen maravillosa para su corazón ingenuo y su alma sin pecado.
G. Falco

