Es uno de los personajes más profundos y complejos de la mitología griega, aun a pesar de la clara sencillez de su historia, tratada sin notables alteraciones por poetas de diversas épocas.
Hija de los monstruosos amores del Minotauro y Pasifae y hermana de Ariadna, la cual había guiado en el Laberinto a Teseo (v.), que iba a dar muerte al monstruo de Creta, Fedra da principio a la aventura de su vida con una traición, o, por lo menos, siendo cómplice de ella, toda vez que, al volver de Creta el infiel Teseo, por su causa abandona en la isla de Naxos a Ariadna, a quien tanto debía. Sin embargo, esta primera parte de la existencia de Fedra permanece en la sombra, siquiera sea el trágico y casi necesario prólogo al tremendo episodio decisivo que la hizo más famosa y que el genio de Eurípides (480- 406 a. de C.) escogió como argumento de una de sus tragedias más célebres (v. Hipólito).
En la corte de Teseo, ahora rey de Atenas, Fedra se enamora de un hijo del primer matrimonio de aquél, el apuesto y arisco Hipólito (v.), y, al verse rechazada con horror por el muchacho, encendida y destrozada por la pasión, tanto más furiosa en un espíritu ciegamente impulsivo como el suyo, se venga dándose muerte a sí misma, no sin antes acusar al joven ante su padre de haber querido violarla. El inocente Hipólito, expulsado por Teseo, quien invoca contra él la ira punitiva de Neptuno, es arrollado por sus propios caballos a causa de la intervención del dios; pero Artemides revela la verdad al rey, y éste puede aún reconciliarse con su hijo moribundo.
Así es como Eurípides ve a Fedra, personaje fatalmente maléfico y agitado por incontenibles pasiones, casi hermana de la Medea (v.) que él mismo también cantara: símbolo de la invencible fuerza de la pasión humana desencadenada, ajena al bien y al mal, y que perturba y amenaza continuamente el ideal de consciente serenidad en el que la civilización griega había tratado de encuadrar perfectamente la existencia. Con escasas variantes, la hallamos de nuevo en la tragedia de su mismo nombre (v.) de Séneca (4 a. de C.-65 d. de C.); sin embargo, el autor latino, más moderno y, según la leyenda, influido, si no atraído, por el Cristianismo, logra introducir en el cuadro psíquico del personaje una nota de contrición, cual si Fedra quisiera separar las reacciones de su intimidad de la acción que le impone un destino más fuerte que ella; su suicidio sobre el cadáver de Hipólito es la catarsis final que la redime de sus culpas.
Según esta línea, y con mucha mayor profundidad, el cristiano y jansenista Jean Racine (1639-1699) desarrolló en los versos perfectos de la tragedia comúnmente considerada como su obra maestra (v. Fedra), el drama de Fedra, en el siglo XVII francés. Aquí también la pasión de la protagonista es fatal, y representa la fuerza del mal, simbolizada en la implacable enemistad de la diosa Venus, que define un solo y famoso verso («C’est Vénus toute entière à sa proie attachée»), espantosa atracción que Fedra experimenta cual una pesadilla y que no la arrastra a la cólera sino más bien al desfallecimiento, como vencida.
Así la ha querido el nuevo poeta, más dolorosa y menos culpable que la antigua. Efectivamente; atormentada e interiormente consumida por la pasión que amenaza llevarla a la tumba, consiente en revelarla a Enone, su nodriza, ante la reiterada insistencia de ésta, y a sus instancias se atreve a hablar directamente a Hipólito, aunque sólo cuando, tras una larga ausencia de Teseo, le llega la falsa noticia de que éste ha muerto. Su inesperado regreso la tortura y compromete tan desesperadamente que, para salvarse, y aun a pesar suyo, deja hablar a la nodriza y permite que por ella se entere Teseo de la calumnia que le hará maldecir de su hijo. Súbitamente arrepentida, Fedra se halla dispuesta incluso a revelar la verdad, pero acaba de trastornarla totalmente la noticia de que Hipólito ama a otra, la princesa Aricia; finalmente, ante lo irreparable, o sea, la muerte fulminante del joven por obra de Neptuno, se castiga a sí misma con el suicidio.
De esta suerte, con la aparición de su rival Aricia, la Fedra de Racine adquiere un aspecto más patéticamente femenino, y el nuevo dolor que le causan los celos la hace más digna de compasión. Sin embargo, la grandeza y la redención de Fedra, desconocidas para los antiguos, residen en el tormento continuo, en el inextinguible remordimiento y en la clara conciencia de su mal, de la oscura condenación que en sí misma oculta y que perturba el orden moral del mundo; una conciencia, pues, que bien podría decirse cristiana. La lógica luminosa y la elevada gravedad del arte de Racine han tratado su drama con tal justeza que nunca un tormento más románticamente oscuro y atrozmente misterioso se ha visto expresado según una línea de tan clásica pureza.
El Romanticismo no supo dar a Fedra ninguna nueva interpretación de cierto mérito; sólo alcanzó a darle hermanas, más limpias y tiernas por cuanto más superficiales y fácilmente purificadas por la gran llama del amor y por la tiranía a la que se hallan sometidas, en las románticas aventuras de Isabel y don Carlos (v.), de Alfieri y Schiller, y de la Parisina (v.) de Byron. En cambio, la poesía de la decadencia ochocentista se complugo en Fedra, de la cual apreció las patéticas y capciosas perversiones, así como los furiosos y casi orgiásticos abandonos al ímpetu de la sangre.
En el breve poema dramático homónimo (v.) de Algernon Charles Swinburne (1837-1909), Fedra, rechazada por Hipólito, siente en el alma un frío desgarrador y, al comprender que en ella se cumple el hado, ruega al joven que la mate y la despedace; casi todos sus rasgos vuelven a encontrarse, aunque con menor complicación, en la tragedia de su nombre (v.) de D’Annunzio (1863-1938): Fedra, sabedora de que es hija de la bestial Pasifae, siente correr en sus venas una sangre mixta, humana y brutalmente divina, que le infunde un cruel deseo de muerte y un tremendo y ardiente desdén hacia su misma carne. Con su Fedra (v.) española, Unamuno (1864-1937) aportó quizás un sufrimiento más patético y humano, aunque no variaciones decisivas, a semejante cuadro de perversión.
M. Bonfantini

