Falstaff

[Sir John Falstaff]. Viejo ca­ballero obeso, gracioso, juerguista y bebe­dor, personaje del Enrique IV (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Se llamaba, originariamente, Oldcastle, pero a causa de la protesta de lord Cobham, descendiente del verdadero sir John Oldcastle, hubo de serle cambiado el nombre.

Según una tra­dición, Shakespeare habría tomado por mo­delo de su personaje a un vecino de Stratford, mientras otros han querido reconocer en él a un tal capitán Nicholas Dawtrey, que sirvió en Irlanda y luego convirtióse en un asiduo pretendiente en la Corte. No obstante, si Shakespeare necesitaba real­mente un modelo vivo para la creación de un tipo ya famoso en las escenas (desde el Pirgopolinices, v., de Plauto en adelante), bien podía hallarlo en varios soldados aventureros contemporáneos suyos.

En En­rique IV, Falstaff es un fanfarrón que siempre halla algún medio para no hacer mal papel y exagera los propios vicios real­zando los aspectos humorísticos de éstos; en conjunto, se trata de un personaje sim­pático.

Véase, por ejemplo, la escena de la primera parte de Enrique IV, en la que Falstaff simula ser el rey y reprende al príncipe Enrique por no haber hallado más que un solo punto luminoso en su vida: una ocasión en que le vio acompañado de un hombre probo; ¿quién es éste? «Un hermoso y robusto hombre, a fe mía, y corpulento, de jovial aspecto, mirada sim­pática y nobilísimo porte; puede que tenga unos cincuenta años, o quizá — la Virgen me valga — frise los sesenta; y — ahora me acuerdo — se llama Falstaff.  Mucho me maravillaría que fuera éste un hombre di­soluto, por cuanto en sus ojos, Enrique, veo resplandecer la virtud… Busca su com­pañía y aleja a los demás».

Entonces cam­bian los papeles, y el príncipe Enrique, que finge ser el rey, dice, dirigiéndose a Falstaff, quien asume el papel del príncipe: «Tú has sido violentamente alejado de la divina gracia; bajo el aspecto de un hom­bre viejo y obeso, te acompaña un diablo; tu amigo es un barril humano. ¿Por qué tienes trato con aquel depósito de humores, aquel moyo de bestialidad, aquel fardo re­pleto de hidropesía, aquel enorme odre de vino de España, aquel saco lleno de tripas, aquel buey tostado con la barriga obstrui­da, aquel venerable vicio, aquella canosa iniquidad, aquel padre rufián, aquella va­nidad añosa? ¿Para qué sirve, sino para catar el vino de España y beber lo? ¿En qué se muestra cuidadoso y limpio, sino en cor­tar un capón y comérselo? ¿En qué es há­bil, sino en la astucia? ¿En qué astuto, sino en las bribonerías? ¿En qué se muestra bribón, sino en todo? Y, ¿en qué experto, sino en nada?» Y Falstaff, haciéndose el tonto, le pregunta: « ¿A quién se refiere Vuestra Merced?» «A aquel abominable gra­nuja y extraviador de la, juventud, Fals­taff, el viejo Satanás de la barba blanca». «Conozco a este hombre». «Sé que le cono­céis». «No obstante, decir que conozco en él mayor maldad que la mía propia sería decir más de lo que sé».

Y Falstaff hace a continuación su propia apología y con­cluye: «No, mi buen señor; alejad a Peto, a Bardolfo o a Poins, pero no alejéis de la compañía de vuestro Enrique al dulce Juan Falstaff, al gentil Juan Falstaff, al fiel Juan Falstaff, al valeroso Juan Falstaff… Alejar al rechoncho Juan sería alejar al mundo entero». Distinto carácter presenta el Falstaff de Las alegres comadres de Windsor (v.), bribón que conserva muy po­cos destellos de la gracia que en el otro drama le hacía simpático, y que se ex­pone, con sus vicios, a la humillación y al oprobio.

En 1796, James White (1775-1820) publicó las Cartas originales de Sir Juan Falstaff y sus amigos, publicadas ahora por primera vez por un gentilhombre des­cendiente de madama Quickly [Original Letters of Sir John Falstaff and his Friends; now first made public by a Gentleman, a Descendant of Dame Quickly], escritas en colaboración con el humorista Charles Lamb (1775-1834). La figura jovial de Falstaff ha inspirado muchos de los cuadros del pintor alemán Eduard von Grützner (1846-1925).

M. Praz