Facundo

Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) representa en Facundo Quiroga (v. Facundo) al gaucho y al caudillo rural que se convierte en el azote de la civiliza­ción, a la que impone la barbarie del cam­po.

Ciertos rasgos de la narración anun­cian en Facundo, desde los primeros años, la poderosa personalidad que habrá de lle­gar a ser: la afrenta inferida al maestro y la fuga subsiguiente, por ejemplo, mani­fiestan ya al hombre que no tolera disci­plina alguna y al organizador de la anar­quía en beneficio propio. Facundo huye de su casa y se gana la vida ejerciendo mil oficios distintos en varias regiones de la Argentina. Se hace soldado y no tarda mu­cho en desertar.

Por sus violencias es con­siderado como enemigo de la sociedad; en San Luis, mientras iba a unirse a las ban­das de Ramírez, caudillo del litoral, es apresado para que dé cuenta de sus des­manes. Una sublevación de presos españo­les que tratan de evadirse abre las puertas de las celdas a los delincuentes comunes; Facundo, blandiendo los grilletes que los sublevados acaban apenas de quitarle, abre la cabeza a una docena de españoles y so­foca la rebelión. Puesto en libertad y au­mentada su fama de hombre valeroso y te­merario, su nombre se pronuncia con res­peto y admiración en las «pulperías» (po­sadas), y cuando regresa a Llanos de la Rioja ambas facciones de la ciudad (la de Ocampo y la de Dávila) se lo disputan.

La primera de ellas le nombra sargento mayor de las milicias de Llanos, con autori­dad de «mariscal de campo». Es el primer escalón de su ascenso al poder; muy pronto se valdrá de estas milicias rurales para adueñarse de la ciudad y ejercer en ella un dominio sin límites, leyes ni frenos de ningún género. Sus normas son la expo­liación y la violencia; mediante los im­puestos, las confiscaciones y el monopolio del abastecimiento de carne de la ciudad se convierte en el propietario más rico de la provincia. El terror acaba de completar su obra: nadie puede enfrentársele; cuan­tos lo prueban pierden en ello vida y ha­cienda o se ven obligados a huir.

Mientras tanto, «su nombre traspasaba los límites de La Rioja; Rivadavia le invita a colaborar en la organización de la República; Bustos y López, en cambio, a combatirla; el go­bierno de San Juan se preciaba de tenerle por amigo, y hombres desconocidos se tras­ladaban a Llanos para saludarle o pedir su ayuda en tal o cual asunto». Las accio­nes de Tala y Rincón contra Lamadrid de­finen la posición de Facundo como parti­dario de la causa «federal», la cual, según Sarmiento, no era más que una fuerza uni­taria «surgida del campo y apoyada por los caudillos que habían conseguido el do­minio de las ciudades» enfrentada a otra fuerza igualmente unitaria que «partía de Buenos Aires y se apoyaba en los liberales del interior» y que tuvo su máximo esplen­dor en la época de Rivadavia.

Con ello, éste y Facundo Quiroga se hallan frente a frente: civilización y barbarie. Otro ad­versario mucho más peligroso va a encon­trar luego Quiroga en los campos de La Tablada y Oncativo: el general José María Paz, uno de los mayores tácticos del Nuevo Mundo, quien le obligará a morder el polvo de la derrota. Facundo se une a López y a Rosas, caudillos del litoral. La caída de Paz, hecho prisionero casualmente en una acción aislada, asegura la victoria de los «federales». Quiroga, vencedor de los uni­tarios en Chacón y Ciudadela, se convierte en dueño de ocho provincias.

Sólo dos hom­bres le igualan en poder: López, que do­mina Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba, y Rosas, quien gobierna en Buenos Aires y detenta el único puerto del territorio ar­gentino. Facundo tiene ideas vagas acerca de una Constitución nacional; Rosas quiere mantener el país libre de toda ley para así mejor dominarlo. De manera sorda va preparándose el choque entre ambos cau­dillos. Un conflicto intestino al norte del territorio por él dominado conduce a Fa­cundo, que había ido a Buenos Aires, hacia el lugar de los hechos; a su regreso, es asesinado en Barranca-Yaco (Córdoba). Sarmiento acusa de este delito a Rosas, quien lo atribuye a los unitarios y lo apro­vecha para consolidar su propio poder y adueñarse de toda la Argentina.

En reali­dad, Facundo es la biografía de un perso­naje representativo de un grupo social con su propio carácter, instituciones, actividad, sentimientos e ideales. Para Sarmiento, su­jeto a las ideas deterministas de la época, Facundo es un producto del ambiente físico e histórico, al cual analiza a fondo, po­niendo de relieve todos sus rasgos buenos o malos y estudiando las circunstancias del mundo en que vive.

Pocas obras revelan tan fielmente como ésta los caracteres esen­ciales de un país y de una raza, lo cual nos ofrece una clave segura para la inter­pretación de los fenómenos políticos y so­ciales no sólo de la Argentina, sino aun de toda la América hispánica; ya que, como dice Pedro Henríquez Ureña, los pueblos surgidos de la conquista española tienen factores, vicios y virtudes comunes, uno de ellos el «caudillaje», que se extiende desde el Río Grande al Estrecho de Maga­llanes, de tal manera que, dejando a salvo las diferencias de lugar y tiempo, recono­cemos a un Facundo en Pancho Villa y a un Rosas (v.) en Juan Vicente Gómez.

L. A. Castellanos