Fabricio del Dongo

[Fabrice del Dongo]. De haberse interrogado a Stendhal (1783-1842) acerca de quién le hubiera gus­tado ser, hubiese sin duda contestado: «Fa- bricio del Dongo», el héroe de su novela La cartuja de Parma (v.); ante todo, por su «cuna», y luego por la atracción que Fabricio despierta entre las mujeres, las cuales le cortejan.

Balzac se contentaba con una pequeña y fingida partícula nobi­liaria; Stendhal aspiraba al título «paten­tado» de barón. Acerca de las diligencias sobre la «baronía» de los Beyle, hay que consultar las cartas de Henri a su hermana Paulina. Fabricio es la esencia de Stendhal, el stendhalismo personificado; su continuo y nunca acabado desear. ¿Cómo hubiera podido aceptar una conclusión «vulgar» el finísimo Stendhal, este voluptuoso «pruden­te»? Stendhal es, en el fondo, un ahorra­dor, un capitalista y un «burgués» de la finura, el espíritu y el placer. ¿Quién no desea prolongar el goce, llevarlo más allá de los límites prescritos por la naturaleza adversa y perpetuarlo? Por desgracia, el placer nos vence por sorpresa en un hermo­so, o, mejor, en un feo instante, y se ex­tingue en el acto mismo de su victoria y nuestra derrota.

Fabricio, es decir, el stendhalismo, es una perpetua «prepara­ción». Es posible que un día llegue a des­cubrirse en la biografía de Stendhal que las famosas «dificultades» que encontraba en las mujeres anheladas eran astutamen­te inspiradas por él mismo, por stendha­lismo. El que sabe comprender y sobre todo sentir este placer stendhaliano ha de reco­nocer en él la más sutil y docta forma de goce; todo y nada.

Por stendhalismo se en­tiende este «placer del deseo» no limitado a los sentidos, sino extendido a todas las cosas de la vida y a todo el mundo consi­derado como un inmenso motivo de amor. Fabricio, o sea, el stendhalismo, arde en el deseo, en tanto desea y no acaba. Al fi­nal, Fabricio traiciona el stendhalismo y se traiciona a sí mismo cuando «acaba» con Clelia Conti y muere, por cuanto acabar es morir.

A. Savinio