Ezequiel

[Yĕhĕzqè’l]. Tercero de los grandes profetas bíblicos, que vivió des­terrado en Babilonia, donde profetizó por espacio de unos veinte años al menos. Pro­cedía de una familia sacerdotal, y fue de­portado junto con su mujer (muerta nueve años después) en 598-597.

El quinto año del destierro, una gran visión de Dios sen­tado en su trono señaló el principio de su vocación de profeta. Su misión consistió en alentar a sus connacionales en el abati­miento que ponía en peligro la fidelidad religiosa y patriótica de éstos en la época de la ruina del Templo y de su amada ciudad de Jerusalén e indicar la significación religiosa y profunda de tantos aconteci­mientos funestos junto a los rasgos prin­cipales de la futura restauración.

Sin em­bargo, no se halla, como Jeremías (v.), en el punto culminante de la tormenta, y, por ello, no experimenta con la misma inten­sidad que éste la tragedia religiosa y nacio­nalista de la ruina de Israel. Ajeno, en adelante, a los acontecimientos, se mani­fiesta más bien como atento vigía que anuncia, implacable, desde lejos, el final de un pasado y muestra a los supervivien­tes, con una especie de frío fanatismo y un rigor muy preciso, el único camino de sal­vación. Por este motivo, ya anteriormente a la caída de Jerusalén (587), trata de des­vanecer en los desterrados, mediante su ac­titud y sus palabras, cualquier falso espe­jismo, y, después del acontecimiento, ex­plica teológicamente su necesidad.

Su pos­tura no puede considerarse como derrotismo o inercia fatalista, sino como una justa va­loración de la Historia y una severa admo­nición al arrepentimiento personal. De esta forma, va abriéndose paso en sus ense­ñanzas hasta hacérsele peculiar una doc­trina que los demás profetas sólo habían indicado: la de la responsabilidad indivi­dual, por cuyo motivo alguien le ha lla­mado (aunque sin razón) el Calvino del Antiguo Testamento. No obstante, lo cier­to es que frente al problema de «pecado y castigo» planteado por el reciente desastre nacional, Ezequiel considera históricamente finalizado el plano de sanciones colectivas, ya sea como premio o castigo; en adelante, cada uno habrá de decidir por sí solo y ante Dios su salvación o condena.

Y pre­cisamente en aquel «Resto» de los que oirán la llamada de Dios ve Ezequiel la síntesis del pasado y la permanencia de Israel en el verdadero camino de su histo­ria. Para ellos, el Profeta, que es también sacerdote, traza, con minuciosos detalles no totalmente simbólicos, el plano de la ciu­dad futura, de la que poco a poco va con­virtiéndose en legislador, arquitecto y poe­ta; y, sobre todo, será el creador de una nueva estructuración política — la teocraticosacerdotal — así como propugnador de una más viva y espiritual espera mesiánica.

A pesar de estos aspectos primordiales de rigorismo reformista, Ezequiel tiene tam­bién una apasionada y a veces desconcer­tante sensibilidad, y, aun escribiendo casi exclusivamente en prosa, es también un gran poeta, con una alucinante fantasía y una fuerza trágica tan turbulenta como impetuosa; en nuestros días alguien lo ha comparado a un E. A. Poe o a un W. Blake. Es, en su complejo psicológico, uno de aquellos hijos del ardoroso Oriente que es­capan a los habituales métodos de estudio de nuestra ciencia, sobre todo a causa de una interferencia religiosa en la que hoy día nos es imposible adentramos.

En la tradición artística, Ezequiel subsiste esen­cialmente como maestro de nuevas doctri­nas; la pauta diola Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, al unir en una plasticidad imperecedera el aspecto venerable de la fi­gura del profeta con la actitud vivaz del que enseña, inclinado hacia el futuro.

E. Bartoletti