Ezequías

[Hizqiyyā (hū)]. Decimoter­cero rey de Judá, cuyas vicisitudes nos na­rra el libro de los Reyes (v.). Ezequías «hizo lo que era agradable a los ojos del Señor… entre los reyes de Judá que le precedieron y sucedieron ninguno hubo se­mejante a él».

La Sagrada Escritura brilla con los destellos de su luz; a las palabras del libro II (IV) de los Reyes responde el eco de los Paralipómenos (v.): «Ezequías se afanó en buscar a su Dios con toda la fuerza de su corazón». En el reino pequeño y abocado a la ruina, su actuación y su alma son las de David (v.). Derribó los obeliscos de Astarté levantados en Jerusalén y abrió de nuevo el Templo; los años, cuyas estaciones estaban dedicadas a ani­males, fueron santificados con la celebración de las fiestas de Moisés (v.), desde la Ex­piación a la Pascua — del arrepentimiento a la nueva vida —.

En la ciudad donde nuevamente los sacerdotes y levitas honra­ban a Dios según el antiguo rito y el mis­mo rey tenía a su lado a Isaías (v.), el príncipe de los profetas, todo había de ser santo en la libertad del Señor; y así, Ezequías negó el tributo a Sargón de Asiria. Fruto de la viva ortodoxia del rey davídico fueron la política de independencia y de guerra, la victoria sobre los filisteos y la alianza con Merodac-Baladan de Babilonia contra los asirios.

Pero la nube de una amenaza ineludible iba a su encuentro des­de el horizonte y se acercaba pavorosamen­te a la realidad: la muerte. «Esto dice el Señor: Pon tu casa en orden, porque no vivirás, sino que morirás. Y Ezequías vol­vió su rostro hacia la pared y rogó al Señor… y lloró con gran llanto». Alejóse la nube de la muerte, hasta desaparecer: «He oído tu oración y he visto tus lágrimas; he aquí que Yo añadiré quince años a tus días». Quince años de guerra, marcados claramente con el sello del milagro.

Al de­tenerse la muerte ante el rey se detuvo el Sol en el cielo. Y cuando Senaquerib sitió a Jerusalén con las armas y a su Dios con las blasfemias, «un ángel del Señor exter­minó a 185.000 hombres de los asirios». Las aguas de Siloé fluyen aún de la roca excavada por Ezequías para saciar la sed de Jerusalén. Y su voz reitera, desde el polvo, su amor a la vida, eterno como la Escritura: « ¿Acaso no podré seguir viendo al Señor Dios en la tierra de los vivos? Mi vida me es arrebatada y plegada cual la tienda de un pastor… Pío cual una pe­queña golondrina… Porque el sepulcro no cantará tu gloria… Los vivos, los vivos te ensalzarán».

P. De Benedetti