Ester Prynne

[Hester Prynne]. Prota­gonista de la novela La letra escarlata (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthor­ne (1804-1864). Su majestuosa belleza mo­rena y la espléndida exuberancia erótica de su porte no deben ser confundidas con los atributos de una clásica heroína.

En el escenario del autor forma parte de un gru­po de «dramatis personae» que, mediante las alteraciones y cambios de sus cuerpos simbólicos, llevan a cabo una obligada co­reografía de lo infrahumano, y, cumplida tal función, se manifiestan de nuevo al final del drama como típicas figuras huma­nas de novela. Mediante lo temporal, Haw­thorne representa las «profundidades» mo­rales: la escena es un pueblo puritano del siglo XVII, desprovisto, por condición his­tórica y decreto teológico, de las «caracte­rísticas de la civilización superior», abierto por un lado a la lejana Europa y rodeado por los restantes de una extensión inexplo­rada: las regiones bárbaras que circundan la mente.

El adulterio de Ester con el joven pastor Dimmesdale (v.) en ausencia de su marido Chillingworth (v.), da origen a un subterráneo «ballet» moral; como en una alegoría medieval, los cuerpos de los actores manifiestan por medio de signos visibles lo que Hawthorne considera los principios de la «historia natural del alma». Según el primero de éstos, todo acto produce en el agente consecuencias rigurosamente pre­establecidas ajenas a su voluntad: ello es irrevocable, y corta el alma cual un objeto abandonado al vacío atraviesa el espacio.

Al iniciarse el drama, la adúltera, su cómplice y el esposo traicionado se hallan ante una acción ya consumada; en la manera como cada uno asume o soporta sus consecuen­cias reside su significación propia como «dramatis persona». Ester opta, desde el principio, por aceptarlas. Puesta en eviden­cia frente a la gente del pueblo, reconoce que Perla (v.), su hija ilegítima, y la «A» escarlata que lleva marcada sobre el pe­cho son «sus realidades»: la niña es un «jeroglífico viviente» de su adulterio que puede repudiar pero no negar; a pesar de ello, no lo repudia; y lleva el humillante distintivo bordado con suntuosidad oriental por sus propias manos, cual un sello hono­rífico.

Aun cuando sea dueña de abandonar el pueblo — de irse «a otra parte» — Ester prefiere quedarse, por cuanto su acto y las consecuencias de éste son «las raíces que había echado en el suelo». Por haberlo cometido, un lugar sin nombre se ha conver­tido en un lugar concreto: el suyo; y por haber aceptado sus consecuencias ha con­quistado la identidad moral de una indivi­dualidad particular. No obstante, su acepta­ción es, en parte, una orgullosa bravata: un gesto heroico y público de sumisión a una necesidad que se le impone desde el «exterior» unido a una íntima actitud de desafío.

Y en tanto alimenta una esperanza de transformar lo ya ocurrido, de volver a un estado precedente, de salvar algo o a alguien (su amante) de la ruina total y de «sustraerse», ha de permanecer incompleta su inmersión en la propia vida, su acepta­ción del acto cuyas consecuencias definen moralmente esta vida al par que la hacen suya. Ester no acaba de sentir aún estas consecuencias, a pesar de que, como real­mente suyas, pueden actuar terriblemente en su interior; más bien las experimenta como fuerzas extrañas a las que se somete sin dejar de ser lo que era.

Reducida a la condición de costurera del pueblo, sigue teniéndose por una mujer joven y hermosa, disfrazada. La «extraña y solitaria inquie­tud de su vida», el marchitarse de la «grá­cil y hermosa fronda de su naturaleza» que se transforma en un duro perfil esquelé­tico, el declive «de su sexo, su juventud y toda la lozanía de su belleza», su deses­perado errabundeo por el «oscuro laberinto de la mente», las largas pausas en las «re­giones desiertas» del corazón y los temibles ataques de lucidez visionaria se hallan se­parados de ella por una tenue sombra de incredulidad: como no puede dudar de su realidad, de que todo ello sea realmente suyo; la distancia moral que la separa de ello es, a la vez, la medida de su resisten­cia y de su caída.

Pero con la muerte y la pública confesión de Dimmesdale des­aparece el último velo de sombra; la aceptación incompleta de Ester se convierte en una total inmersión en las consecuencias del acto inicial: una identificación de sí misma con la realidad moral creada por aquéllas y de su libertad con el despiadado rigor orgánico de la «historia natural» del alma; su paz reside en el imperativo de este rigor.

El personaje de Ester Prynne es, por una parte, un monumento de la poesía americana, y, por otro lado, la representa­ción (cuyo complemento son el capitán Acab, v., de Melville y el Huckleberry Finn, v., de Twain) de un universo moral a punto de desaparecer, cuyos restos fó­siles mancillan la de otro modo inmaculada desolación moral del nuevo universo y la nueva poesía creados a partir de entonces en América. Las figuras simbólicas de la América moderna (v. Daisy Miller, Herma­na Carrie y Cowperwood) se hallan sepa­radas de la realidad de su vida no por una tenue sombra de incredulidad, sino por la claridad diáfana de un espacio inter­estelar.

S. Geist