Ester

En la tragedia de Jean Racine (1639- 1699) que lleva su nombre (v.), Ester se aleja del grave relato que en el Antiguo Testamento hace de ella sólo una figura de parábola, abstracta por cuanto encaminada únicamente a representar y a promover a mayor gloria de Jehová el desenlace de los hechos narrados, para convertirse ante todo y de lleno en una mujer asustada y estre­mecida, indecisa ante el sacrificio que una Ifigenia (v.) arrostra sin temblar; una mujer insegura de sí misma y aun, por ello, de su mismo Dios.

Ester no es ya la voz de Dios, sino únicamente un soplo de la poesía raciniana, y así permanece, rica en toda clase de terrenales sentimientos en el momento en que sucumbe a sí misma, ven­cida por el desaliento que impidiéndole do­minar su turbación, la hará desfallecer ante el rey, de quien depende su vida mortal. Terrena cuando la alteza de su misión ce­lestial alcanza la cumbre suprema y huma­na en el momento en que más sobrehumana se muestra, así es como vive Ester en la poesía que la ha liberado de su perfección. Tiembla ahora la «desconocida» («… me voici tremblante et seule… éperdue…»), pero sin negarse al sacrificio («…tremblan­te j’obéis…»); frágil y fuerte, el poeta la ha plasmado para siempre en su figura más humana.

Racine sabía que no hay mujer cuyo corazón no tiemble, y en ella, pare­cida a sus trágicas hermanas de la poesía raciniana, quiso hacer palidecer y quebrar la firmeza solar de una luz que en la Biblia es propia de un Dios, pero que nunca po­dría serlo de un pequeño y turbado co­razón femenino.

G. Veronesi