Ester

[’Ĕstēr = estrella]. Personaje bí­blico protagonista del libro de su mismo nombre (v.) del Antiguo Testamento, del cual Racine tomó el argumento de su cé­lebre tragedia.

La historia de Ester evoca la suerte de las comunidades hebreas ins­taladas en el Imperio persa durante la épo­ca del destierro y que, cuando en 538 Ciro autorizó su regreso a Palestina, no vol­vieron a este país, sino que permanecieron esparcidas por el Imperio en una situación ambigua entre la seguridad y la persecu­ción. Asuero (v.), dice la Biblia, reinaba «desde la India a Etiopía»; la historia iden­tifica a este Asuero con Jerjes, sobrino de Ciro el Grande, cuya flota fue derrotada en Salamina por los trirremes de Temístocles; se trata, por lo tanto, de aquel me­diocre estratega que indudablemente en­tendía mucho más en mujeres que en sol­dados y era muy dado a ocuparse con ex­ceso en las intrigas de harén.

Con el fin de renovar sus mujeres, ordenó un día que le fueran llevadas todas «las doncellas her­mosas» de sus dominios. Había entre ellas una bellísima hebrea, Ester, pupila y so­brina de un santo y sabio anciano, Mardoqueo (v.). Escogida preferentemente por el rey, viese elevada a la categoría de rei­na, consiguió muy pronto influir sobre su esposo y reunió alrededor de ambos a las más seductoras muchachas de su raza; ello fue motivo para que Racine viera en estas amables esclavas un Saint-Cyr de

Israel bajo la protección de una Ester-Maintenon… El hábil Mardoqueo trató de apro­vechar la situación. Había aconsejado a su linda sobrina que mantuviera oculta su procedencia al rey; mientras tanto, él, as­tutamente, a la sombra de la graciosa reina, iba actuando en la corte. Finalmente, llegó un día en que tuvo ocasión de prestar al rey un señalado servicio advirtiéndole a tiempo de una conjura que contra él se había urdido. No obstante, existía aún en el Imperio una corriente antisemita más o menos abiertamente confesada y algunos persas abrigaban una sorda ira contra los hijos de Israel. Hallábase entre ellos el vi­sir Amán, quien había advertido la mani­obra y sólo aguardaba la ocasión de hundir a Mardoqueo y a sus correligionarios.

Para ello persuadió a Asuero de que llevara a cabo un gran «pogrom». «El pueblo hebreo hace vida aparte, obediente sólo a sus pro­pios principios y rebelde a las órdenes del rey». Aparecieron de nuevo los antiguos motivos del odio racial. ¡Debía aniquilárse­les a todos y en el momento oportuno! Y Amán se disponía a echar suertes para fijar el fatídico día de la matanza. Pero Mardo­queo vigilaba. Su maniobra estaba presta a deshacer los designios de Amán. ¿Acaso la bellísima esposa y favorita que todo po­día alcanzarlo del corazón del rey no era ya el medio providencial para la salvación de Israel? Racine ha resumido magistral­mente en tres versos las palabras de Mar­doqueo a su sobrina: «Pensadlo bien: Dios no os ha escogido para ser un vano espec­táculo ante los pueblos del Asia

Reserva a sus santos para una más noble finalidad». Esto es lo que sucedió, en una bella y pa­tética escena que tantos pintores y esculto­res se han complacido en representar. Ves­tida con sus mejores galas, la bella supli­cante llama a la puerta de su señor. Habla, implora y su rostro conmovedor es aún más elocuente que sus mismas palabras. La si­tuación cambia de aspecto: los hebreos no solamente se salvan del desastre, sino que incluso obtienen permiso para aniquilar a placer a Amán y a sus secuaces, de tal ma­nera que aun la dulce Ester pide autoriza­ción al rey para prolongar el «contraporom» por espacio de veinticuatro horas más. La fiesta israelita de los «Purim» per­petuará el recuerdo de Ester y su drama, ya que «Purim» son las «suertes» con tan mala fortuna escogidas por Amán para fi­jar el día de la matanza.

H. Daniel-Rops