Esopo

[Aesōpus]. El ingenioso y supuesto autor de las Fábulas (v. Fábulas esópicas), no es únicamente un problema histórico, sino también el personaje de una leyenda que parece a su vez otra fábula e, incluso, un tipo humano encarnado bajo diversas formas por la imaginación popu­lar.

Esta leyenda, cuyo núcleo primitivo se remonta al siglo V a. de C. (y posible­mente estuvo vinculada en sus orígenes a las mismas fábulas atribuidas a Esopo, cual sucede con la vida de Homero y los lla­mados epigramas homéricos), es un típico ejemplo, por una parte, de literatura popu­lar con finalidad moralizadora, y, por otra, de exaltación de una figura anti heroica y democrática de sabio.

A ella se sobrepu­sieron luego los elementos fantásticos y no­velescos de procedencia oriental que ha­llamos en la bizantina Vida de Esopo (v.) atribuida a Planudes. La figura de Esopo que esta leyenda nos presenta es esencialmente popular. Feo, pequeño y contrahecho, Esopo representa el arquetipo del hombre de ingenio con un cuerpo tosco y deforme, que tantas veces habría de aparecer trans­crito en la literatura popular de todas las épocas y cuyo tipo ejemplar en Italia es Bertoldo (v.).

La tradición le hace oriundo de Frigia o Lidia, y supone que vivió hacia mediados del siglo VI. Esclavo del filósofo Xanto, éste se complace en ponerle en los peores aprietos, de los que, no obstante, sabe salir siempre airoso en descrédito de su dueño, quien a menudo se ve obligado a darle la razón y a recurrir a él para li­brarse de las dificultades a que le expone su «filosofía».

Con sutil malicia aparecen contrapuestos el sentido común popular del esclavo y la huera ciencia escolástica de su señor, habituado a razonar mediante si­logismos, pero incapaz de resolver los pro­blemas prácticos de la vida. Emancipado de su esclavitud por haber librado a Samos de un tributo impuesto por Creso, Esopo empieza a viajar y se convierte en una especie de Barbanegra ambulante. Recibido primeramente en la corte de Creso y luego en la de Babilonia, junto al rey Liceto, con­sigue librar también a este último de un tributo impuesto por Nectanebo, rey de Egipto, mediante la solución de una serie de enigmas.

De regreso a Grecia, intenta en vano ablandar, en Delfos, la avaricia de los sacerdotes de Apolo, quienes le acu­san injustamente del robo sacrílego de una copa de oro y, sordos a sus imploraciones de misericordia, le precipitan desde lo alto de una roca. Apolo venga su muerte con una peste que no acaba hasta que el pue­blo decide honrar los restos del sabio. Vico, en su «Lógica poética» (v. Ciencia nueva), hace de Esopo un «personaje poético» al igual de Homero, con la diferencia de que éste «personifica los pueblos heroicos y poéticos de la Hélade primitiva» y aquél representa «la forma mítica sensible de la redención de la plebe».

Esopo, por lo tan­to, es el anti-Homero. Fabuloso como Home­ro, también numerosas ciudades se dispu­tan el honor de su cuna; pero así como Ho­mero canta a los héroes, Esopo describe los vicios y virtudes de los hombres presentando a éstos bajo el aspecto de anima­les. En el prólogo al libro tercero de sus Fábulas (v.), dice Fedro que los animales sustituyeron a los hombres cuando ya no pudo hablarse libremente acerca de éstos. Pero en los apólogos esópicos nos compla­ce más bien hallar una sabiduría pesimista y amarga y una experiencia secular, que trata maliciosamente de reducir la socie­dad humana a los términos psicológicos de una sociedad de animales.

C. Capasso