Esmeralda

Protagonista de la novela Nuestra Señora de París (v.) de Víctor Hugo (1802-1886), se halla en primera línea en la larga serie de muchachas perseguidas que aparecen en la literatura romántica.

No sólo se ensaña en ella el deseo del hidalgüelo seductor (v. Febo de Cháteaupers), sino también el odio ciego de una sociedad que no ve en ella más que a la gitana hechicera y aun el de su propia madre, que ignora su verdadera identidad. Su único valedor es un monstruo: el ho­rrendo Quasimodo (v.), quien, por con­traste, oculta bajo su cuerpo deforme y en la intimidad de su espíritu huraño toda la ternura que el mundo normal no sabe dispensar a la muchacha.

La personalidad de Esmeralda reside en la contraposición entre sus purísimos sentimientos y las pasiones desenfrenadas y la necia incomprensión de los demás; vive para dar realidad a este contraste, y aun cuando no se trate de un personaje de teatro, se mueve continuamen­te ante un público al que debe enternecer. La limitación que esta norma supone es la misma de todas las demás heroínas ro­mánticas más o menos derivadas de la Cla­risa Harlowe (v.) de Richardson.

Sólo cuando, a veces, olvida su patético juego encuentra Esmeralda una vida propia, trans­formándose entonces en una gitanilla taci­turna, más bien altiva e independiente — al igual que su padre adoptivo, también gitano — y, en el fondo, típica habitante de aquella «Corte de los Milagros» donde reside; desafiando al público burlón, subirá al patíbulo para ofrecer un sorbo de agua al exhausto Quasimodo. Rasgo de compa­sión, pero también de altanería gitana y de intrínseca rebelión de una pequeña pros­crita frente a la sociedad establecida que la rechaza.

U. Déttore