Esdras

[‘Ĕzrā’]. En la comunidad de Zorobabel (v.), Esdras es la figura del jar­dinero que con el azadón y otras herra­mientas hace revivir y florecer los secos matorrales.

Todo el hebraísmo posterior con­templa al que plantó el «seto de la Ley» en torno al huerto del Señor. Más aún que la santidad, son el orden y la precisión quie­nes vivifican a Esdras, que fundamenta en el orden la santidad de Israel. De ahí que su obra, desde su regreso con los desterra­dos de Babilonia (año VII de Artajerjes) hasta la lucha tenaz contra la contaminación que perjudicaba la raza y la fe, parezca totalmente humana.

Esdras pone fin a las infestaciones extrañas, expulsa a las mu­jeres forasteras y a sus hijos y poda a las familias con el rigor de Moisés (v.); sin embargo, no habla con Dios, ni profetiza ni lleva a cabo milagros. Con él los tiempos heroicos del hebraísmo adquieren la esta­bilidad de la liturgia y la tradición que desembocarán en los fariseos y talmudistas, pacientes soportes de la Sinagoga, la Diàs­pora y la estirpe.

Pero el Espíritu, aun en hombre tan cerrado a sus inspiraciones, fluye con la fuerza subterránea de las aguas de Siloé, florece a veces en la ternura de una oración y resuena con la trompeta de los patriarcas. «Todo el pueblo se congre­gó en el atrio de la casa de Dios, asustado por el pecado y las lluvias. Esdras, el sacer­dote, levantóse y les dijo: «Habéis pecado».

El descendiente de Aarón (v.) ha realizado el mayor milagro, el que hace brotar no ya agua en el desierto, sino gracia en un pueblo pecador: «Todos… iban a prometer y a jurar que caminarían por la ley del Señor». Echa en el surco abierto la antigua semilla: «El sacerdote Esdras llevó entonces la Ley ante la multitud… y leyó con clara voz en el libro». La Tóráh de Dios; Esdras creía que Dios no hablaba ya, y se tenía por un escriba y un lector de textos venerables: en realidad, Dios hablaba por su boca.

Sus mismas palabras se convertirían en ley y Toráh (v. Pentateuco). La leyen­da dio en atribuirle el canon hebraico en­tero y 70 libros de secreta doctrina: inven­ciones de los que no supieron leer en su vida y en el secreto de su libro viviente, ya que todas sus palabras permanecieron circuncisas en la carne de Israel, comuni­cándole forma propia.

La fidelidad de Esdras convirtióse en sangre en las venas de las generaciones, por encima de las ruinas de su obra. La significación de esta figura es posible que resida en este grave misterio, en esta supervivencia al designio, cual una voz perdida en el aire.

P. De Benedetti