Escudero

Entre los diversos amos a que sirve Lazarillo de Tormes [v., y tam­bién la novela homónima, cuyo autor no conocemos (1554)], tras su cruel separación del ciego, destaca el Escudero, con aires de grandeza y esplendor. El pobre mozo cree haber salido de penas cuando le toma con­sigo tan solemne personaje, pero en seguida empieza a desengañarse cuando ve que en la casa no hay nada sino un pésimo camas­tro y un cantarillo de agua, y que, con pre-? textos y mentiras, las horas de las comidas se pasan en blanco.

Pero el Escudero está siempre pendiente de puntillos de honor; dice haber salido de su ciudad sólo porque un hidalgo a quien él saludaba quitándose el sombrero en primer lugar — como de­bía— no tuvo nunca la delicadeza de ade­lantarse al sombrerazo con el suyo propio. Todas las miserias, sin embargo, se borran de su mente cuando contempla su tajante espada, que no hay oro que pudiera pagar: en ella reside su dignidad, el secreto de su serenidad cuando marcha majestuosamente por la calle, haciendo balancear la capa, pero con el estómago vacío.

El momento de clímax tiene lugar cuando, viendo co­mer a Lázaro unos mendrugos que le han dado de limosna, se decide a catarlos como quien no quiere la cosa, después de in­formarse sobre la limpieza de las manos que hayan amasado el pan. «Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro». Hay quizás en este personaje, exagerado a fuerza de concentrado en su único rasgo de dignidad hambrienta, una intención de crítica social, contra el prejuicio del gran número de per­sonas que no concebían aceptar el trabajo, por considerarlo indigno de su aristocracia: elemento éste que gravaba la desolación económica de la España del siglo XVI, mal compensada artificialmente con el oro de las Indias.

Pero la intención más profunda del autor es de una religiosidad quizá prerreformadora: « ¡Oh Señor, y cuántos de aquéstos debéis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por Vos no sufrirían!» Pese a todo, el anónimo autor respeta y hasta casi ama a su personaje, y nos pinta complacido cómo se ciñe la espada «y un sartal de cuentas gruesas de talabarte. Y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gen­tiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta».

J. M.a Valverde