Escipión el Africano

Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano (234-183 a. de C.), el vencedor de Aníbal en Zama, es el héroe del Somnium Scipionis, de Ci­cerón (libro VI de la República, v.), donde su sombra se aparece a su nieto, no tan grande como él, Publio Cornelio Escipión Emiliano, para mostrarle la armonía de las esferas y la pequeñez de las cosas humanas contempladas desde el cielo; y del poema latino África (v.), de Petrarca, que empieza precisamente con una larga paráfrasis de aquel sueño, trasladado del Emiliano al Africano (I-II).

Podría incluso decirse que Escipión es el héroe del Petrarca, sin otras precisiones, por cuanto, como el propio poe­ta recuerda en su epístola autobiográfica Posteritati, Escipión le había «singularmen­te fascinado» desde su adolescencia, y más de una vez hubo de figurar en sus obras como héroe central y representativo, en­carnación de lo más puro y grave de la historia romana: algo análogo a lo que para Dante había sido Julio César (v.), fun­dador del Imperio, y el «sacratísimo petto» de Catón (v.) de Utica, pero reunidos en una sola persona en la que se encarnaba la mejor época de Roma, o sea la de las grandes conquistas de la República y la de la consolidación, con Ennio, de la cul­tura y de la poesía latinas.

El héroe polí­tico, militar, humano y, por así decirlo, humanístico, de la civilización, frente al héroe de la barbarie, grande también, pero sólo en sus aspectos menos simpáticos y civilizados: Aníbal. Tal aparece el Africano en un libro entero de los Hombres ilustres (v.) que debía significativamente ocupar la parte central de la obra (pero «sulle troppe pagine / cadde la stanca man» [«sobre el exceso de páginas / cayó la cansada ma­no»]). Tal es, como hemos dicho, principal­mente en el África, nacida en Vaucluse, casi al mismo tiempo que el De viris illustribus y ^precisamente de ciertas reflexiones de los años 1338 y 1339 sobre la personalidad de Escipión.

Era el viernes de la «gran sema­na», el Viernes Santo (como cuando Pe­trarca se enamoró de Laura, v.); y con esta referencia de la epístola Posteritati, real o simbólica, Petrarca se propone dar­nos la medida de la veneración por aquel otro amor suyo, Escipión, e ilustrarnos acerca del modo como lo concibió en las dos obras mencionadas, pero sobre todo en la poética: esto es, como la cumbre de las virtudes antiguas — las virtudes cardina­les— y en cierta manera como un lejano presagio de las nuevas — las teologales —, como para vincular la civilización romana con la cristiana, reduciendo a una unidad toda la historia de la civilización, que para el poeta no podía nacer más que de aquel binomio.

Dejando de lado el De viris, que no tiene especiales ambiciones artísticas, en el África Escipión está casi continuamente en escena; pero su vida en el arte es poco vigorosa, como suele acontecer a todos los personajes «de tesis» y demasiado perfec­tos; sin contar con que el aspecto más pro­piamente bélico de su figura no interesaba demasiado a Petrarca, el cual ni siquiera supo darle en Aníbal un poético antago­nista. Tampoco el Escipión de las Púnicas (v.) de Silio Itálico llega a cobrar vida artística, pero, en cambio, presenta por lo menos cierta consistencia poética el «feroz» Aníbal.

B. Chiurlo