Enriquillo.

Protagonista de la novela del mismo nombre (v.) del escritor domi­nicano Manuel de Jesús Galván (1834-1910). Personaje histórico: se trata del cacique Guarocuya, que desde sus primeros años vivió y fue educado por los españoles, que lo bautizaron con el nombre de Enrique, últimamente el escritor, también domini­cano, Vetilio Alfau ha intentado demostrar que se trataba de dos personas distintas.

En la novela aparece como protegido del Padre Las Casas, de Diego Velázquez, y del mismo hijo del almirante don Diego Colón. Su formación religiosa en el convento fran­ciscano de la Vera Paz y sobre todo la in­fluencia y contacto con Bartolomé de Las Casas lograron que la mansedumbre cris­tiana, apoyada en su bondad natural, do­minara su innata rebeldía y orgullo. El máximo acierto de Galván es precisamente la forma de darnos la personalidad de Enriquillo: se va formando ante nuestros ojos, y nos llega a través del tiempo, desde sus primeros años hasta que estalla la rebe­lión.

Abundan en la novela las descripcio­nes del héroe; Las Casas en su Historia de las Indias (v.) nos lo presenta «alto y gen­til de cuerpo, bien proporcionado y dis­puesto, la cara no tenía ni fea ni hermosa, pero teníala de hombre grave y severo», y Galván añade «de sensibilidad exquisita, y capaz por su delicado instinto como por la superioridad de su inteligencia, de ese entusiasmo sencillo, cuanto sublime, que genera el sentimiento de lo bello», con lo que nos encontramos, tanto física como es­piritualmente, y de acuerdo con los gustos románticos, con un prototipo del hombre perfecto. « ¡Qué Enriquillo que parece un Jesús!», comentaba Martí en una carta al autor.

La lucha en el alma del protagonis­ta entre el deseo de rebelión por las ofen­sas recibidas y su fidelidad y gratitud se convierte en el núcleo de la obra; gracias a ella la figura del cacique se destaca ex­traordinariamente del resto de los perso­najes de la novela; su personalidad, pro­bada en ese continuo oscilar entre los dos polos a que lo empujan su concepción del deber y las fuerzas externas y contrarias que lo rodean, es su problema fundamental — «Antes dejaré de ser quien soy», jura una vez—; de ella forma parte como un accidente más el amor por Mencía, su jo­ven prima.

Enriquillo vive en continuo de­sasosiego: «señor por nacimiento; primado por prerrogativas reglamentarias entre los indios; privilegiado por 7a protección espe­cial y eficaz que lo asistía desde la infan­cia, y al mismo tiempo, inscrito en las lis­tas de encomiendas que suponían un grado de servidumbre siempre humillante, y pun­zándose a cada paso en las agudas espinas del desdén brutal que ostentaban respecto de toda la raza india los más de aquellos hidalgos y colonos», Anderson Imbert co­menta «lo vemos de niño, afligido primero por su orfandad, respetuoso con los españoles que lo educan, compasivo siempre con los indios maltratados; aguanta bromas y aun impertinencias porque busca el lado bueno de las cosas; al crecer le crece tam­bién por dentro su idea de justicia, y un día al ver que los españoles golpean con varas a unos indios, siente el primer brote de una nueva vocación: defender a los de su raza… la maldad de los otros le afina la conciencia de su propia virtud y de su deber de indio».

En una gradación perfecta, que lastimosamente se pierde entre las ex­cesivas páginas de la obra, el autor nos lle­va hacia el rompimiento del héroe con la sociedad que lo ha educado. En las últi­mas páginas, en las cuales la novela cobra un nervio del que hasta entonces había carecido, la gradación se intensifica; lo que hasta entonces había sido un problema de sus hermanos de raza — su promesa infan­til «mientras los de mi nación sean mal­tratados la tristeza habitará aquí», hecha señalando su pecho — se ha convertido en cuestión suya, personal: él también sufre a los españoles. «Es preferible la muerte, a la humillación del alma», confiesa a un viejo indio; pocas páginas después descubre que «soñé que yo era un hombre libre y no soy sino un mísero esclavo», y al fiel Tamayo le dirá «quizá te equivoques pen­sando que mi paciencia no tiene límites».

La ofensa de Valenzuela, su encomendero, a su esposa Mencía parecerá que deba con­ducir al rompimiento, pero antes Enriquillo agota todas las posibilidades pacíficas para que se reconozcan sus derechos; hasta ese momento no se decide a la rebelión, y cuan­do lo hace manifiesta «no ya mera tranqui­lidad, sino una satisfacción extraordinaria».

S. Beser