Enrique IV

[Enrico IV]. Héroe de la comedia de este nombre (v.) de Luigi Pirandello (1867-1936), es un personaje sin futuro, en la «historia», en’ la trama de hechos ya ocurridos, fijos y sin imprevis­tos; un personaje que, por el terror de reconquistar la «libertad», se ha creado una incolumidad ajena a una problemática de la vida.

Tras su caída de caballo durante una loca cabalgata carnavalesca, y una vez desvanecida la demencia provocada por el golpe en la nuca, el drama de Enrique IV es precisamente éste: su miedo a volver al mundo del que durante tantos años ha estado ausente y a adoptar otra vez el semblante, las actitudes y la personalidad que la demencia había interrumpido, y su terror al verlo todo cambiado, al no reco­nocer ya las cosas y al sorprender la trai­ción de sus amigos, la pérdida de «su» mujer, la muerte y tantas voces extintas… Ésta es la meditación que impulsa a En­rique IV a rechazar el futuro y a ence­rrarse de nuevo en la voluntaria prolonga­ción de su demencia.

Es mejor tener por enemigo al «diabólico» papa Gregorio VII que enfrentarse con la incógnita de los acontecimientos ocurridos en su «ausencia» o con el absurdo de su regreso al «tiempo», después de haber vivido fuera de él, como suspendido en un teatro de mímicas vanas y palabras ya vacías de significación, en el que toda norma ha sido fijada anterior­mente por la historia ya desarrollada. Pero este miedo a volver al «tiempo» activo produce en Enrique IV una exasperación y una nostalgia por los días transcurridos inexo­rablemente sin él y por todo cuanto le era debido y que la fatalidad le ha arrebatado; esta aflicción da origen a odios, sarcasmos, befas e injurias.

Y su misma insistencia en continuar la ficción bajo el aspecto de En­rique IV se convierte en un medio de ven­ganza para humillar a sus visitantes y obligarles a que le narren algo de su «tiem­po» fuera del mundo. Sólo la visita de la mujer que hubiera debido pertenecerle y que le viene a ver junto con su amante para comprobar su curación (también ella sufre una amargura, cuál es su conciencia de culpabilidad para con aquel hombre re­pudiado por una pasión ajena) destruye su rígida voluntad de reclusión, pero de tal forma que su primera irrupción en el «tiem­po» es un golpe impulsivo y furioso: el sablazo al vientre de Belcredi es su primer acto «libre» después de veinte años, un acto sanguinario, un crimen que le encierra ya definitivamente en el cerco de su fin­gida demencia.

Su miedo a la «libertad» estaba, realmente, justificado. El móvil que impulsa todas las acciones de Enrique IV es el móvil humano de las pasiones, pero, sobre todo, la conciencia trágica de la propia persona, la profunda noción del tiem­po veloz, de los hombres que se mueven en la lejanía, del amor y de las ilusiones; y, por otra parte, «su» obstáculo consiste en la imposibilidad de alcanzar el mundo. Éstos son los dos polos de la dialéctica pirandelliana: el deseo y su negación en el juego contemporáneo y chocante de la contradicción. De ahí nace Enrique IV, el personaje más consistente de Pirandello, su misma dialéctica hecha «personaje».

M. De Micheli