Enrique de Ofterdingen

[Heinrich von Ofterdingen]. Trovero medieval ale­mán, considerado por algunos como autor del poema de Los Nibelungos (v.), cantó las alabanzas del duque de Austria y fue más tarde recreado por la fantasía de E. T. A. Hoffmann (1776-1822) en su narra­ción Los maestros cantores, donde aparece primero como víctima de sortilegios y luego se ve liberado de todo maleficio por su amigo Wolfram von Eschenbach.

Novalis (1773-1801) le inmortalizó en la novela titu­lada con su nombre (v.). Como protagonista de ella, Enrique, más que figura de hombre o de cantor, es la encarnación de una idea mística. Amor y poesía, revelación de una vida más alta, superior a la corruptibilidad de la materia y a la muerte y preludio de una época de belleza, de una nueva edad de oro, en la que el latir de la existencia humana vaya al unísono con la armonía del universo, constituyen el motivo de la «Sehnsucht» de Enrique; el primero se en­carna en Matilde, y la segunda en Klingsor (v.), y ambos en la flor azul, símbolo único de todo deseo.

Ya en la infancia, jun­to a sus padres, Enrique ha recibido la re­velación de su genio poético. Ha visto en sueños a la muchacha amada; alcanzarla es la misión ideal que se propone cumplir en la vida. Pero, como Perceval (v.) o Guillermo Meister (v.), el poeta abandona la casa paterna para conocer el mundo, por cuanto la experiencia es el único camino que conduce a la meta. De este modo, En­rique se junta a una caravana de mercade­res y encuentra al mago Klingsor, quien le da sabias enseñanzas sobre los límites del arte y le expone la necesidad de do­minar los entusiasmos desordenados y las aspiraciones demasiado audaces.

El poeta encuentra a Matilde, a la que reconoce como la muchacha de su sueño, y ve en ella la plena realización de su deseo; pero Matilde muere, como había muerto Sofía para Novalis, y Enrique reemprende su pe­regrinación por el mundo; se enamora lue­go de otra muchacha, Ciana, cuyo nombre encubre a la segunda amada de Novalis, Julia Charpentier, quien había procurado en vano consolar el alma acongojada del poeta. Al término de su formación espiri­tual — todo ello se deduce de los numerosos fragmentos dejados por Novalis y que ha­bían de servirle para la continuación del poema, interrumpido por su muerte — En­rique consigue finalmente elevarse a un orden superior de existencia en el que parecen realizarse todas sus aspiraciones.

Matilde y Ciana se le manifiestan transfi­guradas y confundidas en una sola perso­na ideal; esta ión representa la meta soñada por el poeta, el cual, en sus andanzas por el mundo, ha aprendido a volver sobre sí mismo, esto es, a regresar al punto de partida. Matilde y Ciana son las criaturas ideales del alma y la fantasía del poeta, quien acaba por encontrarlas de nuevo en la patria de aquéllas, repitiendo así la historia dé la vida de Novalis en su amor espiritual por Sofía y en su último y solitario ensueño.

R. Bottacchiari