[Henry Esmond]. Protagonista de la novela Historia de Enrique Esmond (v.) de William Makepeace Thackeray (1811-1863).
Figura de gentilhombre y soldado de la Restauración, encuadrada en una exactísima perspectiva histórica, revela, no obstante, en sí mismo las características psicológicas de su autor: melancolía invencible y tendencia a moralizar, ética burguesa, proceder irónico que es una superestructura voluntaria impuesta como remedio a un sentimentalismo romántico ya desengañado y expiado, y algunos otros caracteres típicos de una figura de la época victoriana, tan inclinada a las componendas.
Parece como si Thackeray quisiera retrotraerse a sí mismo a una época histórica que, como sabemos, le era más connatural. Enrique, hijo de un noble de rancia alcurnia y de una católica de la burguesía bruselense, puede romper, precisamente por esta mezcla de sangre, la costra de la mentalidad nobiliaria isleña y elevarse a una comprensión más vasta y humana de la vida. A través de una experiencia viva y una renuncia consciente y prolongada, supera los prejuicios de casta, religión y política, y se convence del lado falso y maligno que hay en toda gloria terrena y en cualquier ideal realizado.
Bravo oficial, renuncia a las brillantes perspectivas de su carrera; considerado como bastardo y reconocida luego la legitimidad de su título, prefiere no reivindicarlo antes que hacer sufrir a las personas que lo disfrutan de buena fe y que son las más apreciadas por él; aun al amor está dispuesto a renunciar, llevando a las más extremas consecuencias este infundado comportamiento suyo, cuando descubre, finalmente, la prolongada confusión y el espejismo de que ha sido víctima en su aventura amorosa, y se da cuenta de que en vez de amar a Beatriz (v.), la hija, es a Raquel, la madre, a quien ama.
Bromas aparte, en el análisis de los amores de Esmond, Thackeray consigue superar el constante dinamismo de su caracterización: el amor de Enrique por la bella y buena lady Raquel data ya de su infancia, pero se ve obstaculizado por su sentimiento de adoración hacia aquella dama, considerada, a la luz de su grandeza y su virtud, como de un nivel muy superior al suyo. Más tarde, su amor hacia Beatriz (que posee la belleza pero no la virtud de su madre) es precisamente un fruto de la confusión de sus sentimientos: en realidad, en ella ama a la imagen de su madre descendida de su pedestal de superioridad.
El desengaño que experimenta y los dolores que comparte con lady Raquel (que ha perdido su gloria y algo de su belleza) le llevan a un conocimiento más exacto de su propia alma. Y, finalmente, su temperamento de hombre nacido ya viejo halla la paz en la gracia otoñal de aquélla.
N. D’Agostino

