Enrique el Verde

[Der grüne Hein­rich]. Protagonista de la novela de este nombre (v.) del suizo Gottfried Keller (1818-1890). Enrique, llamado el Verde por su costumbre, ya desde niño, de vestir de verde como su padre — famoso cazador, además de arquitecto genial —, es el hombre que anda tras un sueño durante los pri­meros treinta años de su vida y luego se da cuenta de haber perseguido un espejis­mo y de que debe empezarlo todo de nuevo.

Esta quimera de Enrique ha sido la pintu­ra; aún niño, para poder pintar ha dejado de asistir a la escuela, y, más tarde, ha renunciado a contraer formales y razona­bles matrimonios y a vivir la tranquila existencia que le ofrecía su pueblo. En su peregrinar de ciudad en ciudad, ha parti­cipado en la vida licenciosa de los pintores, ha intentado abrirse camino sin conseguir­lo, ha descendido todos los peldaños de la bohemia, hasta el frío y el hambre, y, finalmente, ha debido vender por un pedazo de pan sus dibujos y cuadros, fruto de años enteros de trabajo.

En realidad, sus obras han sido juzgadas siempre, aun por sus mismos colegas, como creaciones de un «espiritualista» y miradas con recelo. Pero lo peor es que, finalmente, él mismo acaba por no creer en su arte; y así, cuando sus obras, halladas de nuevo por una rara ca­sualidad, son de tal modo revalorizadas que lo que vendiera por algunos centenares de francos se paga a peso de oro, Enrique no experimenta por eso la menor conmoción. Ha perdido la fe en su propia capacidad y se considera «un aficionado académico» que ha hecho ya cuanto podía dar de sí, por lo que en adelante sólo sería capaz de pro­ducir obras ajenas a su época y a los gus­tos de ésta.

Así, decide resueltamente no volver a pintar. Y no sólo como artista, sino que tampoco como hombre supo echar raíces profundas. Desde muy joven se ve di­vidido por la divergente pasión hacia Ana — virginidad y pureza, muchacha ardorosa pero esquiva, retenida por el afanoso cui­dado de sus familiares — y Judit — dueña de sí misma, de su alma y de su cuerpo y satisfecha de iniciar en los misterios eró­ticos al jovencito que le gusta. Enrique considera sacrílega su alternancia entre el cariño de una y la pasión de la otra, a pe­sar de lo cual no sabe decidirse; lo hace en su lugar la muerte, que arrebata a Ana y aleja a Judit.

Ni aun más tarde, presa de sueños, desconfianzas y escrúpulos, sabrá Enrique encauzar su amor y estabilizar su felicidad. Pero, por encima de todo, le afli­ge el remordimiento de haber sacrificado a su heroica madre que, para procurarle la vida libre de un artista, se ha impuesto un tren de vida miserable, en vano le ha aguardado siempre, esperando inútilmente saberle, si no famoso, por lo menos con­tento, y ha muerto desconsolada por no haberle vuelto a ver. ¿Qué es, pues, En­rique? ¿Un vencido, un fracasado? Pero no, ya que en el último período de su vida halla la paz que antes buscara vanamente y se produce la nunca alcanzada armonía.

El final, después de tal tempestad, es de una placidez extraordinaria. Puesto al fren­te de la administración de su pueblo, En­rique aplaca las ardientes y desordenadas aspiraciones de su juventud en esta me­tódica actividad, a la vez que calma los ardores de la pasión en el amor de una mujer buena y sensata, cuya voz le de­vuelve los ánimos aun en las horas más difíciles y de mayor angustia, por cuanto le parece oír en ella la misma voz de la Naturaleza.

B. Allason