Eneas

[Aeneās]. Personaje de la épica griega, sigue viviendo gracias a la existencia que posteriormente le diera Vir­gilio (70-19 a. de C.) en la Eneida (v.). En la Ilíada (v.) es una figura de segundo plano, a pesar de lo cual se pone de manifiesto no solamente su origen divino (hijo de Afrodit? y Anquises, v., y descendiente de Zeus en línea directa), sino también su misión real: Poseidón anuncia en la asam­blea de los dioses, que Eneas y sus hijos reinarán sobre los troyanos; Homero, por lo tanto, ignora las peregrinaciones de Eneas, pero ya exalta en él al hombre pia­doso, protegido por los dioses.

En la Ilíada, junto con los Antenóridas, aparece como uno de los caudillos de los Dárdanos y de­muestra su valor en diversas ocasiones; sólo de Aquiles (v.) debe guardarse, y así se lo advierte Poseidón al salvarle del duelo con el hijo de Peleo, repetición del episodio en que Eneas, herido por Diomedes (v.) en un desafío, es salvado por su madre y Apolo. El reinado de Eneas y sus descen­dientes sobre los troyanos es también anun­ciado por Afrodita en el himno «homérico» a ella dedicado, que canta los amores de la diosa con Anquises en el monte Ida: hasta los cinco años, Eneas será atendido por las ninfas, en espera de que su padre le lleve consigo a Troya.

Según un poeta cíclico, Artino, el nuevo reino de Eneas surgía en el monte Ida. El primero que cara­to una emigración del héroe fue, posible­mente, Estesícoro, quien le hacía navegar hacia Hesperia, adonde Hesíodo había he­cho llegar, en cambio, a Ulises (v.). He­lénico, historiador del siglo V, mezclaba ambas tradiciones y narraba la fundación de Roma por Eneas y Ulises juntamente; lo mismo repite más tarde un poeta hele­nístico, Licofrón (siglo III), el cual, por otra parte, recoge de un gran historiador contemporáneo suyo, Timeo de Tauromenion, el relato de las aventuras de Eneas (que en Licofrón aparecen profetizadas por Casandra, v.).

Según Helánico (y después según Aristóteles), Eneas habríase estable­cido en el Lacio tras el incendio de sus naves por las mujeres troyanas, cansadas de tan larga peregrinación. Para Timeo (quien seguía una tradición itálica) y Licofrón, el Lacio es ya el término final de los viajes de Eneas, que lleva sus Pena­tes a Lavinia (v.) después de haberse cum­plido el vaticinio de las «mesas» comidas por sus compañeros (o sea, los panes uti­lizados como mesa). En Licofrón, Eneas es el héroe «piísimo», por lo cual los Enéadas reinarán sobre tierras y mares; también se halla una alusión a la simbólica cerda con los treinta cerditos (las 30 fortalezas fun­dadas por Eneas); la obra contiene, en definitiva, los elementos esenciales de la le­yenda virgiliana, y refiere asimismo la tra­dición según la cual Eneas se dirigió hacia el Norte y arribó a las costas macedónicas (la ciudad de Eno (Aenus), en efecto, le tiene por epónimo, y una moneda mace­dónica del siglo VI, en la que Eneas fi­gura representado llevando a su padre a cuestas, confirma esta localización de la leyenda).

La literatura latina añade el mo­tivo nuevo y novelesco de los desgraciados amores con Dido (v.), cantados ya por Nevio (según Servio, otra versión hablaba de amores con Ana, v.), inmortalizados en el célebre episodio de Virgilio (v. Eneida) y repetidos por una tradición poética repre­sentada particularmente por Ovidio (v. Di­do). En Virgilio, la figura de Eneas reúne de nuevo casi todos los elementos y motivos desarrollados en tomo al núcleo homé­rico; resaltan especialmente aquellos que las vicisitudes políticas de Roma hicieron famosos y que consagró la tradición roma­na (Nevio, Ennio, Varrón) y augústea. Las circunstancias de la ficción poética se ha­llan dispuestas sobre todo a imitación de Homero (la narración en primera persona, el descenso a los Infiernos, la descripción del escudo, los duelos, etc.).

Eneas, arroja­do a la costa africana por una tempestad suscitada por su enemiga Juno, es acogido por Dido, a la cual relata la destrucción de Troya y su propia huida; la reina se ena­mora del héroe, pero éste, por orden de Júpiter, abandona a su amante para em­prender nuevamente su viaje fatal hacia Sicilia e Italia. Visita en Cumas la caverna de la Sibila, y desde allí desciende a los Infiernos, donde encuentra a los espectros de sus sucesores. Reconoce en el Lacio la sede predestinada: el rey Latino (v.) le acoge con benevolencia y le ofrece como esposa a su propia hija, cuya mano pre­tendía Turno, rey de los rútulos.

Derívase de ello una guerra, provocada por Juno; Eneas va a pedir ayuda a Evandro, y, em­puñando las armas que Vulcano le ha pre­parado, vuelve al campo de batalla, donde arrecia ya la contienda, y causa estragos entre los enemigos. El duelo del héroe y Turno, y la muerte de éste, deciden la guerra. La crítica moderna ha censurado frecuentemente el convencionalismo del Eneas virgiliano, falto de vida interior, ciego instrumento del hado y símbolo típico de la «pietas» romana, sin humanidad ni dramatismo. Sólo en parte es ello cierto, como lo admiten numerosos defensores de la fuerza poética del personaje, cuya re­signación, alegan, es un elemento más del «pathos» determinado por el contraste en­tre la tranquila y triste figura de Eneas y las tumultuosas aventuras a que le lanza el poeta; su drama íntimo viene así a con­sistir en su continuo dominio de sí mismo y en su dolor.

De todos modos, sólo el Eneas de la primera mitad del poema está considerado como menos heroico. De la misma figura tratan también los historia­dores contemporáneos de Virgilio: Livio y Dionisio de Halicarnaso, que, en lo esencial, concuerdan entre sí y con Timeo, aunque se observa en ellos cierto influjo del poeta; y añaden que, una vez muerto Latino, Eneas fue señor único de troyanos y latinos, mu­rió luchando contra Mecencio (v.), nuevo aliado de los rútulos, y fue divinizado. El éxito de Virgilio y su popularidad fueron siempre, naturalmente, los de su protagonista. A fines del siglo IV, Avieno, com­pendiando a Virgilio, narró las aventuras de Eneas en versos yámbicos.

Con la lite­ratura cristiana, esta figura aparece modi­ficada por las alegorías; Fulgencio, por ejemplo (principios del siglo V), la con­vierte en imagen de la vida humana: el naufragio representa las tempestades de la vida, Dido los devaneos amorosos, Mercu­rio las advertencias de la razón, etc. En la baja latinidad, los Postaeneida que conti­núan el relato de Virgilio constituyen un verdadero género literario cuyos frutos se prolongarán hasta el Humanismo (M. Vegio y P. C. Decembrio escribieron con­juntamente un «libro XIII de la Eneida» en latín).

También en la literatura caba­lleresca apareció el tema de Eneas: las crónicas rimadas anglonormandas, al pre­sentar a la imaginación de los laicos los mitos clásicos como modelos y antecedentes de las gestas caballerescas, lo vertieron al romance según el espíritu cortesano y aventurero de la sociedad feudal (Román d’Eneas, etc.; v. Ciclo clásico); lo mismo ocurrió en España e Italia: Guido delle Colonne prosificó en latín el Román de Troie (v. Relatos sobre Troya) de Benoit de Sainte-More, traducido a su vez al idioma vulgar.

En el siglo XIV, aunque con dis­tinta finalidad y en forma de crónica, Gui­do da Pisa refunde la narración de Virgilio en la prosa ingenua y llena de color de sus Hechos de Eneas (v.). La tradición épica caballeresca hizo del Eneas virgiliano uno de los modelos preferidos del Re­nacimiento; sobre él forjó Ariosto su Rug­giero (v.), y su último pero quizá más directo descendiente es el «pió Buglione» de Tasso (v. Godofredo de Bouillon).

A. Ronconi