El Enano Zacarías

[Klein Zaches]. Protagonista del relato homónimo de E. T. A. Hoffmann (1776-1822). Zacarías, lla­mado también Cinabrio, es una figura re­pulsiva que, por efecto de magia, es trans­formada en apuesto hombrecito.

Nos ha­llamos todavía en un mundo de fantasía, lleno de hadas y de magos, de sortilegios, de apariciones y de animales parlantes, en el cual la magnificencia y la miseria, la belleza y la fealdad, la repugnancia y la admiración alternan como las sombras y^ las luces en un relato realista. Zaca­rías, convertido en poderoso personaje col­mado de honores, no está todavía satis­fecho: aspira al amor de Cándida, enamo­rada de Baltasar y correspondida por éste. En el corazón de la muchacha, sin embar­go, empieza a insinuarse misteriosamente el amor por el enano, en virtud de un extra­ñísimo sueño en el que le parecía ver que un horrible monstruo se apoderaba de su corazón obligándola a amarle, por cuan­to sus rasgos coincidían con los de Baltasar; pero cuando pensaba en éste, se daba cuen­ta de que el monstruo no era él, aunque — inexplicablemente — se sentía igualmente obligada a amarle por amor a Baltasar.

En la narración se van polarizando alrededor del enano dos fuerzas ocultas y opuestas entre sí; se presiente que no tardarán en enfrentarse y entrar en combate. Y esta situación, presagiada por el gradual aleja­miento de todo elemento verosímil, culmina en una escena entre un mago y un hada. La suerte del enano depende del éxito de esa lucha entre las dos fuerzas que se lo disputan. Una y otra parecen equilibrarse; los fenómenos de magia se acumulan opo­niéndose unos a otros en fantástica casca­da.

Pero el originario elemento cómico va siendo poco a poco sustituido por un sen­timiento de piedad por el enano, el cual, a pesar del poderío adquirido, sigue sien­do necio y torpe y viviendo sin alegría una vida que no es la suya, hasta que mue­re dejando tras sí únicamente los lamentos del hada Rosabella y de su anciana madre que inútilmente llora: «¡Para qué tuvo que llegar a tan altos honores! Si se hu­biese quedado conmigo, le hubiera criado en la miseria, no puedo negarlo, y jamás habría subido tan alto; pero por lo menos ahora seguiría viviendo y me procuraría alegría y consuelo, y yo le llevaría por todo el mundo en su cestita, y todo el mundo se hubiese compadecido de él y me hubieran arrojado monedas de oro…». Es, pues, el suyo un final patético, en el que la emo­ción y el humor se funden tan perfecta­mente que de su admirable equilibrio nace la característica figura del personaje y la belleza del relato.

R. Bottacchiari