El Judío Errante

Conocido perso­naje de una leyenda que varía a medida que va circulando de país en país y de fantasía en fantasía (v. Judío Errante).

Nacido originariamente quizá bajo el in­flujo de un paso evangélico (cfr. San Juan, XXI, 23), no tarda en tomar una doble configuración: por un lado asumiendo el aspecto del zapatero que expulsa de su casa a Jesucristo anhelante de descansar un momento durante su penosa subida al Gólgota («Yo descansaré — le reprende Je­sús —, pero tú deberás caminar hasta que yo vuelva»), por el otro, bajo los rasgos del portero de Poncio Pilatos (v.), el judío Cartafilo, a propósito del cual se narra el siguiente episodio: mientras la turba de los judíos le arrastraba, Jesús se detuvo un instante bajo el portal del palacio que Cartafilo custodiaba.

Cartafilo se le acercó y dándole una puñada en el rostro, dijo en tono despectivo: « ¡Camina Jesús! ¡Date prisa! ¿Por qué te detienes?» Jesús le miró con aire severo y repuso: «Yo me iré, pero tú deberás aguardar hasta mi regreso». Cartafilo tenía entonces 30 años, y no ha muerto todavía. Cada vez que cumple cien años más, se siente desfallecer y morir, pero inmediatamente se recobra y sigue peregrinando. Bautizado por Ananías y bajo el nombre de José, lleva una vida de mi­seria y penitencia, confiando que llegará el día en que sus culpas le serán perdonadas.

Tal es, en sus principales rasgos, la leyen­da recogida en el siglo XIII por el bene­dictino inglés Matthaeus Parisius en su His­toria Major. En alemania la figura del Judío Errante aparece en el siglo XVI bajo el nombre de Ahasverus (Asuero). En el breve Volksbuch (Libro popular), publica­do por primera vez en Ley de, en 1602, la leyenda sigue la versión de Chrysostomus Dudulaeus, discípulo del obispo de Schleswig, Paulus von Eilzen, el cual decía haber visto en 1547 a Ahasverus en Hamburgo y haberle oído contar personalmente su his­toria. En breves palabras ésta puede resu­mirse como sigue. El judío Ahasverus o Asuero, en tiempos de Jesús, trabajaba de zapatero en Jerusalén, y durante la pasión del divino Maestro fue uno de sus más en­carnizados enemigos.

No contento con ha­ber unido su voz al infame coro de los « ¡crucifícale!», tuvo la desfachatez de arro­jar de su casa, con palabras de insulto y de desdén, al Salvador que, durante el camino del Calvario, había intentado apoyarse en el portal de aquélla. A las sacrílegas pala­bras del zapatero, Jesús levantó la vista, y en tono de reproche contestó: «Yo quisiera descansar aquí un momento, pero tú de­berás caminar hasta el día del Juicio». El «libro popular», rápidamente traducido a va­rias lenguas, fue repetidamente reimpreso en los países de lengua alemana, y es céle­bre la edición revisada por Simrock en los Libros populares alemanes (v.).

Al contra­rio de Fausto (v.), cuya figura, aun va­riando en algunos detalles, se mantiene esencialmente la misma en su núcleo primi­tivo, el Judío Errante sufre radicales trans­formaciones al pasar de un intérprete al otro. En las distintas elaboraciones que pre­senta, este personaje alude ora a un símbo­lo, ora a otro, contaminándose unas veces con unas figuras, otras con otras. La litera­tura alemana cuenta, entre breves y largas, con unas treinta composiciones sobre este asunto, que ha sido tratado en forma épica, dramática y lírica, y ha alcanzado un am­plio desarrollo en la Rapsodia Lírica [Lyrische Rhapsodie, 1783], de Chr. D. Schubart, en la tragedia Assuero [Ahasver, 1827]» de A. Klingemann, en el poema épico de igual título de J. Mosen (1838), en la can­ción fragmentaria Las peregrinaciones de Assuero [Die Wanderungen des Ahasverus, 1839], de J. C. Zedlitz, en el poema heroico Assuero [Ahasverus, 1865], de S. Heller, en el Assuero en Roma [Ahasver in Rom, 1866], de R. Hamerling, en el poema dramático El judío eterno [Der ewige Jude, 1886], de M. Haushofer, en la tragedia Assuero [Ahas­ver, 1903], de F. Lienhard, etc.

La figura del Judío Errante varía en cada una de estas obras, pero tiene poco relieve artís­tico en todas ellas. Lo mismo puede decirse del poema épico en seis cantos de Hamer­ling, que según confesión del propio autor, pretendió ser «una innovación audaz, al identificar a Asuero con el primer hijo del hombre, con el primogénito de la pri­mera pareja creada, es decir, con Caín (v.), privado de muerte a la vez como premio y como castigo por haberla introducido en el mundo». Hamerling sitúa la historia de su héroe en tiempo de Nerón, y retrata en Asuero al típico representante de la hu­manidad que perpetuamente lucha y pena.

Más que en esas amplias composiciones, el Judío Errante vive en la ión estética que han sabido darle, en compo­siciones más leves, algunos autores genia­les. Dejando a un lado a A. W. Schlegel, G Pfizer, W. Smets, O. I. Bierbaum, etc., que también han tratado de este asunto, consideraremos al Judío Errante en las versiones de Goethe, Chamisso y Lenau. Sobre la fantasía de Goethe (1749-1832), la leyenda del Judío Errante ejerció principal­mente su fascinación durante la época del «Sturm und Drang» (v.), inmediatamente después de los esbozos liricodramáticos del Prometeo (v.) y del Mahoma (v., y tam­bién «Canto de Mahoma», en Poesías diver­sas, v.). En el libro XV de Poesía y Verdad (v.), el propio Goethe relata cómo concibió la trama del breve poema épico que luego no terminó de escribir.

Como modelo real del Asuero originariamente ideado, tomó al zapatero que le albergó durante su es­tancia en Dresde en 1767. En cambio, se inspiró, como en un modelo ideal, en la figura del zapatero poeta Hans Sachs (v.), del cual tomó incluso el metro favorito («Knittelverse», versos populares) y, en parte, el estilo. En el fragmento que se nos ha conservado y que no sigue dema­siado fielmente el plan trazado en Poesía y Verdad, se advierten las incongruencias de un trabajo todavía en estado fluido, has­ta el punto de que el tono y la fábula su­fren en determinado momento un brusco cambio que perjudica la unidad del relato. En la primera parte Goethe introduce, con intención burlescosatírica, a un zapatero hemutiano disidente, al cual contrapone la figura de Jesucristo que vuelve a la tierra al cabo de tres mil años de su muerte. «En Judea, Tierra Santa, vivía una vez un za­patero muy famoso por sus devotos senti­mientos en una época de corrupción ecle­siástica: era medio esenio y medio meto­dista y hernutiano, pero disidente, ya que daba gran importancia a la cruz y a las torturas, era, en una palabra, un espíritu original que a fuerza de hacer originalida­des, había acabado asemejándose a los de­más locos».

Éste es el tono que mantienen los fragmentos de la primera parte, de la que el zapatero es protagonista. Pero a par­tir del momento en que Jesucristo desciende a la tierra, aquel extraño personaje, que el autor había presentado con festiva iro­nía en los fragmentos iniciales, desaparece y el tono se eleva. « ¡Salve, oh tierra, mil veces salve! ¡Benditos seáis todos vosotros, hermanos míos! Por primera vez después de tres mil años, mi corazón recobra sus sentidos y una suave lágrima brota de mis ojos. ¡Oh estirpe mía, qué ansia siento de volver a ti!… Vuelto a ti por segunda vez: por primera vez he sembrado y ahora quie­ro recoger los frutos». Pero ¡ay, cuán poco fruto hay que recoger! «Pronto se sintió asqueado de todos estos países en que hor­miguean las cruces, pero precisamente por­que son tan abundantes las cruces y los cristianos nadie se acuerda de Cristo y de su Cruz».

Ya nadie comprende el lenguaje del Divino Maestro y cuando Cristo excla­ma: «Yo soy el Hijo del hombre», la gente, obtusa y malvada, se devana inútilmente los sesos, hasta que interviene un altanero sargento con una ingeniosa solución: « ¿Por qué romperos la cabeza? Por lo visto su padre se llamaba Hombre». Tanta ignoran­cia e impiedad no se explica sin la obra negativa de los sacerdotes, que son exacta­mente la antítesis de Aquel que se inmoló para salvar a los hombres. Así, de la pri­mitiva oposición Judío Errante-Jesucristo, se pasa, en la segunda parte, a la oposición Jesucristo-Sacerdotes, y el breve poema, tan rico en ideas y variado de tono, no se uni­fica ni logra coordinar las imágenes alre­dedor de figuras vivas y definidas.

En su poema lírico con ritmo de balada El nuevo Asuero [Der neue Ahasverus], Adalbert von Chamisso (1781-1838) evoca con rápi­das pero eficaces expresiones la figura del Judío Errante («… no puede morir Asuero / no puede morir ni hallar la paz / hasta que el día del Juicio / Dios resucite a los muertos de sus tumbas…») para establecer un término de comparación entre la do­liente inquietud de este perpetuo viandan­te y el desesperado tumulto de su propio corazón. En una lívida visión de ásperas soledades alpestres, rumorosas de arroyos, cascadas y estampidos, en una vigorosa sín­tesis de imágenes llenas de sentido trágico, Nikolaus Lenau (1802-1850) proyecta la fi­gura de su Judío Errante. El grandioso ’poema titulado precisamente Der ewige Juáe representa una genial ión romántica de la leyenda, revivida a través de una «Stimmung» totalmente subjetiva.

El tono peculiar de esta rara variación le- naudiana del mito de Asuero viene prepa­rado desde las primeras estrofas por la descripción del paisaje espectral: «Me ha­llaba solo, andando errante por un valle de­sierto, y fijos me miraban a mi alrededor peñascos calcáreos y negros abetos. No se oía el más leve ruido en la alta montaña: la noche silenciosa luchaba con el último rayo de sol. Para austeros viandantes, el mundo primigenio había abandonado en aquel valle sus sueños de piedra. En lo alto vi volar entre los árboles a un buitre que parecía un tácito pensamiento de muerte». Y cuando el poeta desespera de hallar co­bijo, he aquí que una tenue humareda le guía hacia una cabaña habitada por unos cazadores furtivos que le acogen cordial­mente.

Luego de cumplidos los primeros deberes de la hospitalidad, el cazador le muestra sus escopetas y la mujer sus alhajas. Entre ellas, atrae inmediatamente la atención del poeta una medalla con la efi­gie de Jesucristo llevando la cruz, anhe­lando la paz y a punto de desfallecer. Y cuando luego se queda dormido bajo la im­presión de aquella triste imagen y del pai­saje espectral, en sus sueños reaparecen las feroces peñas. Entre ellas un cazador fur­tivo da muerte a una gamuza e intenta ale­jarse por escondidos senderos, pero he aquí que de pronto aparece ante él un gigantesco anciano que, descubriéndose el pecho, le ordena con atronadora voz que dispare con­tra él. El cazador, subyugado, «mira y dispara al corazón del fiero gigante, pero la bala choca contra su pecho y vuelve atrás como si hubiera dado contra una pa­red de roca. El cazador cae desplomado de espanto».

El anciano, que es el Judío Erran­te, pasa blasfemando junto al cazador y se lamenta de ser el único hombre en el mun­do que jamás podrá encontrar la paz. «Soy mi propia sombra que sobrevive a mi ser, soy el eco de mí mismo clavado en las peñas, soy una columna sobre la que se abate sin cesar el granizo, soy un huidizo rayo de luz encerrado en la piedra». Y con estas palabras, recoge la bala de plo­mo que se aplastó contra su cuerpo y la entrega al poeta. «La tomé horrorizado: estaba acuñada como una medalla, y en ella campeaba la imagen de la angustiosa tor­tura del Judío Errante. La medalla, de plomo, brillaba tan tristemente que parecía el ojo apagado de un moribundo: en ella se veía la efigie de Jesucristo encaminán­dose al Calvario con la cruz a cuestas, an­helando la paz y a punto de desfallecer». Aquí la leyenda del Judío Errante ya no es una sencilla refundición de la inerte materia tradicional, sino el fermento que estimula la fantasía de un gran poeta lí­rico y le hace crear nuevos mitos.

G. Necco