Judit

[Yehūdith]. Es la heroína nacio­nal de Israel, que salvó la ciudad de Betulia del asedio de Holofernes (v.), pero su figura escapa, por así decirlo, a los vulga­res clisés de las heroínas de los demás pueblos. Su tal vez absoluta originalidad consiste en la asombrosa paradoja de su acto heroico, que une la más refinada astu­cia de la seductora con la más esquiva y vigilante cautela de la virgen que ha con­sagrado a Dios su integridad.

Todas las rémoras que los casuistas de la moral de ayer y de hoy puedan oponerle, su audacia las destruye sin vacilación; y la confianza en Dios, que sólo ve su profunda rectitud, le basta. Su pequeña ciudad se hallaba a merced del enemigo, y los propios jefes hablaban de rendirse. Pero ella está segura de que Dios abre sus caminos precisamente cuando se cierran o destruyen los caminos de los hombres. Y mientras el rey y los generales no saben ya qué decisión tomar, la mística reclusa es la única que revela un espíritu sorprendentemente concreto y realista. Hasta tal punto, que pone toda su confianza en aquel mismo cuerpo que durante tantos años no había vacilado en humillar con sus penitencias.

Aquella car­ne joven de la cual todavía sentía, quizá, de vez en cuando las instintivas rebeliones, y que por lo mismo vigilaba más aún, para evitar que se encendiera o encendiera en otros unos deseos a los que para siempre había renunciado, se convierte de pronto en el objeto de sus más atentos cuidados y se prepara a una batalla de insidias que habrán de ser más mortales que los dardos y las lanzas de los defensores de Betulia. El plan de Judit es ni más ni menos el plan peligrosísimo de una auténtica seduc­ción, que podría arrastrarla también a ella si no contase con llevar al terreno de aque­lla tan difícil batalla sus habituales armas: la plegaria y la penitencia.

Y la joven, resplandeciente de belleza y de alhajas, aquella joven a quien Dios, como dice audazmente el texto sagrado, «añadió nue­vos atractivos», penetra en el campamento enemigo y seduce a su jefe. Pero éste in­tenta en vano insinuar sus deseos: la máxi­ma concesión que obtiene, después de varios días de hábiles dilaciones, es que Judit se siente a la mesa con él, a condición de po­der abstenerse de los manjares impuros de los incircuncisos y tomar únicamente al­gunos de los que trajo consigo. Y cuando el grande y temido Holofernes, no sólo en las armas, sino también en su excitada lu­juria, se halla a sus pies, impotente, a causa del exceso de vino que ha bebido, Judit finalmente se le acerca, pero sin odio y casi temblando como una niña.

El puñal, que no llevaba consigo pero que encuentra colgado junto al lecho del general, tiembla en sus manos. Y luego de haber pedido auxilio a Dios y de haber cortado con con­tenido horror la cabeza de su enemigo, vuelve a levantarse dando gracias al Señor por haberle permitido así salvar a su pue­blo y evitar al templo de Jerusalén la profanación de los incircuncisos. Y cuando la casta seductora busca entre las tinieblas el camino hacia su pequeña Betulia, lo que más la atrae es el pensamiento de su si­lenciosa celda.

C. Falconi