El Improvisador

Protagonista de la novela de su nombre (v.) del escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875). Anto­nio, el improvisador, es en realidad el mis­mo Andersen o por mejor decir, es tal como Andersen hubiera querido ser: desdeñosa­mente llamado con aquel apelativo por J. L. Heiberg, Andersen supo vengarse en la única forma digna de un poeta, o sea demostrando hasta qué punto podía ser poética, novelesca y envidiable la vida de un improvisador.

Es característico, en vista de la época y del autor, que la vida de su personaje sólo pueda ser montada sobre un fondo italiano. Si distintas son las primeras experiencias infantiles de Andersen, hijo de una lavandera y educado en una pequeña ciudad de Fionia, y de Antonio, hijo de una modelo y nacido y criado en el centro de Roma, es igual su miseria, como es igual su talento poético. Del mis­mo modo que Andersen, Antonio se con­suela de todas las amarguras sufridas pen­sando en su fama futura; también como Andersen, Antonio se muestra esquivo ante las mujeres e instintivamente casto, lo cual contrasta con la fogosidad general de su carácter (la belleza de Antonio y la sim­patía física que inconscientemente suscita son, en cambio, mero fruto de la fantasía de Andersen, el cual estaba tristemente convencido de su propia fealdad).

Si a Andersen, ya en su niñez, le fue pronosti­cada la fama y la felicidad, también en los ojos de Antonio la vieja gitana ve brillar la estrella de la fortuna; y entrambos hubieron de sufrir terriblemente por las críti­cas que su obra suscitó, pensando que «la alabanza y el estímulo son la mejor escue­la para un alma noble». Encarnación de la Italia romántica por una parte y por otra «alter ego» del autor, la figura de Antonio se resiente de esta doble función que la hace resultar contradictoria, desfocada y poéticamente insatisfactoria, a pesar de su enorme interés por la revelación que re­presenta respecto al verdadero espíritu del autor.

A. Manghi