Indra

Es la más característica y más relevante de las divinidades védicas (v. Veda). Su nacimiento es narrado en un bellísimo mito: su madre, Aditi, le dio a luz en una caverna, y él después dio muerte a su padre, cogiéndole por el pie, mientras el padre pretendía darle muerte a él.

Cre­ció al son de los himnos y fue comparado a un toro sediento, que se embriaga con un licor irresistible llamado «soma». Ape­nas nacido, Indra manifiesta su instinto guerrero. En cambio no piensa en el amor: su única esposa es «Śacī», la fuerza, que le da el triunfo en los combates. En las batallas lucha solo o con algunos compañe­ros, a quienes generalmente suele prestar auxilio. Sus adversarios son los negros, guiados por Vṛtra, Śuşṇa y Ahi. Indra ayu­da a los arya en la guerra contra sus ene­migos; es, por lo tanto, un dios nacional.

Sus transformaciones son admirables: entra en las nubes y vuelve a salir de ellas mon­tado en un carro, o se agita en su interior como un danzarín o como un mago: «Nadie es mejor cochero que tú cuando frenas tus dos rubios caballos», le dice un poeta. Su carro posee cuatro yugos, tres látigos, siete bridas y diez ruedas, y sus caballos son resplandecientes. Tvaṣṭar, el Vulcano indio, prepara para él, como armas, una maza y un rayo de mil nudos y cien puntas; su mensajera es la perra Sarama y su hazaña principal es la muerte del demonio Vṛtra.

Indra es bueno y benéfico, pero se venga de los ricos que no le hacen ofrendas; es el mejor de los padres y el señor del Uni­verso. Tal es su figura en el Rig-Veda (v.). La épica le atribuye carácter erótico: en ella le vemos enamorarse de Ahalyá, la esposa del vidente Galtama, y seducirla. Para ello se unió a Candra («el dios lunar») a quien encargó que montara la guardia ante la puerta de la morada de Galtama, y se transformó en gallo. Al llegar la media­noche el gallo se puso a cantar: Galtama, que era muy devoto, salió para hacer sus abluciones en el Ganges, y entonces Indra entró en la casa y se unió con Ahalyā. Galtama se dio cuenta del engaño, regresó a casa y maldijo a los adúlteros.

La mujer fue transformada en peña, y a Indra le salieron por todo el cuerpo mil «yoni» o bubas, y avergonzado hubo de esconderse en un río, donde permaneció mil años hasta que los demás dioses intercedieron por él; entonces Galtama ordenó que las mil «yoni» se convirtieran en otros tantos ojos. En el Bhāgavatapurāṇa (v. Purāṇa) está repre­sentado como arrepentido de haber dado muerte a un brahmán. Había visto el cri­men, que le perseguía bajo la figura de una mujer de casta inferior, demacrada y cu­bierta con un paño ensangrentado y lle­vando en desorden los blancos cabellos; esta mujer le gritaba sin cesar: «Detente, detente». En otras leyendas Indra es casi un demonio, lo cual se explica por el hecho de que, dado su carácter de dios batallador, no gozara del favor de los pacíficos brahmanes, que le reemplazaron por Brahmā. En cambio, como Buda era de casta guerrera, los budistas continuaron venerando a Indra bajo la advocación de Śakra el poderoso.

A. M. Pizzagalli