El Caballero del Verde Gabán

Don Diego de Miranda, el caballero vestido de verde, a quien encuentra don Quijote en el capítulo XVI de la segunda parte de su historia, viene a ser una de las proyecciones ideales que Cervantes hace de sí mismo en su obra.

«Medianamente más que rico», viviendo con una tranquila rectitud que, con su descripción, impulsa a Sancho a besar los pies de «aquel santo a la jineta», sensato y prudente, con sólo la diversión de la caza con «perdigón manso o hurón atrevido», pero sobre todo envidiable por el «maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de car­tujos», en contraste con el ruidoso azacanamiento en que el pobre Cervantes arras­tró su vida, don Diego de Miranda encarna a su autor en su ideal de una vida tranqui­la y cómoda, con una posición equilibrada ante el mundo. El hijo poeta complementa a don Diego: a pesar del disgusto con que el Caballero del Verde Gabán habla de los escarceos líricos de su hijo, para Cervantes era la otra mitad del sueño de su vida: ha­ber tenido una casa con bienestar y haber hecho versos de almidonado clasicismo a lo Argensola.

Don Diego de Miranda no sabe a qué atenerse ante don Quijote, que expone cuerdísimamente su preceptiva lite­raria y que habla de la caballería andante no como una alucinación que él sufre, sino como un alto modo de heroísmo que ya ha desaparecido de la tierra, pero que él as­pira a resucitar. Por otra parte, ese estra­falario personaje asegura que ya están im­presos treinta mil ejemplares de su historia, «y llevan camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia».

Y es que la letra tira de la otra mitad del alma de Cervantes: el «otro» Cervantes, el perseguido, el soñador, el creador, se pone decididamente en la voz y en la figura de don Quijote frente a la «aurea mediocritas» de don Diego: inesperadamente, don Qui­jote revela una conciencia clarísima de su intento de restauración de la caballería: no es sino una «moral deportiva», de la hazaña por la hazaña, pero que en el fondo lleva un sentido de crítica social e históri­ca: «bien están», dice irónicamente, los ca­balleros que se lucen en la Corte, y los que se van al Paraíso en el bienestar, con su «perdigón manso y su hurón atrevido», pero frente al carro de los leones, don Quijote se lanza a la temeridad que sólo por milagro no le hace perder la vida, para humillar a aquel buen burgués sen­sato.

Pero después de que el «otro Cer­vantes» deje en claro así la supremacía moral de su bohemia soñadora, el Cervan­tes «normal» seguirá al rico caballero a su envidiable casa, y se dejará regalar duran­te cuatro días, como un oasis en su miseria.

J. M.a Valverde