El Caballero de la Rosa

[Der Rosenkavalier]. Éste es el nombre que se da al joven Octaviano, uno de los prota­gonistas de la ópera El Caballero de la Rosa (v.), de Richard Strauss (1864-1949) sobre texto del poeta Hugo von Hofmann­sthal (1874-1929), por cuanto su primo, el vanidoso Barón de Lerchenau, le confía el encargo de ofrecer en su nombre una rosa de plata a su prometida Sofía Faninal.

Lo que ocurre es que la ceremonia, organizada con toda la coquetería y la gracia dieci­ochescas, está a punto de convertirse en un drama cómico. En efecto, el joven se conmueve ante la belleza de la novia, hasta el punto de estar en peligro de sucumbir sin darse cuenta al clásico «flechazo»; lue­go el vulgar Barón, o sea el novio, que deja transparentar demasiado claramente sus intenciones de casarse con la hija de un rico burgués para poner a flote su mal­parada hacienda, acaba por empujar a uno en brazos de otro.

Octaviano, o Quinquin como se le llama entre sus familiares, es un muchacho fogoso, y a pesar de que poco antes ha hecho grandes protestas de fide­lidad a la Maríscala, una gran dama oto­ñal que pretende animar su ocaso con el juvenil resplandor de aquél, no logra di­simular su desdén ante los bajos cálculos de su primo el Barón, y cuando éste quiere obligar por la fuerza a su novia a firmar el contrato nupcial, él se rebela, grita, ame­naza y finalmente hiere con un estilete a su rival, el cual, poco acostumbrado a cier­tas sorpresas, se cree poco menos que a las puertas de la muerte y se lamenta de un modo ridículo.

Pero Octaviano no es sólo un joven fogoso: desde el primer acto ha sorprendido a la Maríscala con un hallazgo genial: para escapar a posibles sospechas, se ha disfrazado de camarera y como tal ha logrado incluso conquistar a su propio primo. Ahora es pues para él poco más que un juego el inventar una nueva estrata­gema, una intriga auténticamente dieci­ochesca, para que el Barón sea sorprendido en pleno intento de seducir a la falsa ca­marera, cubriéndose de ridículo y dejando definitivamente el corazón de Sofía para el joven. Todo iría a pedir de boca si inesperadamente no se presentaran la Ma­ríscala y un comisario de policía.

Pero la generosidad de la gran dama, en lugar de impulsarla a enmarañar aún más la intri­ga, la lleva por el contrario a resolverla, por cuanto comprende que los dos jóvenes, Octaviano y Sofía, se pertenecen y están destinados a unirse para siempre. Así el Caballero de la Rosa se convierte en el novio de la joven a la que en nombre de otro había ido a ofrecer su homenaje; mo­tivo, como se ve, que nada tiene de nuevo ni carece, sin embargo, de ciertas notas trágicas, hábilmente atenuadas por Hof­mannsthal con una sonrisa no exenta de melancolía.

Strauss supo animar musical­mente la obra en forma deliciosa y felicísi­ma, hasta el punto de que El Caballero de la Rosa, estrenado en Dresde en 1911, pue­de considerarse como una de las escasas «óperas bufas» modernas que resisten los embates del tiempo.

R. Paoli