Egmont.

Personaje histórico a quien Wolfgang Goethe (1749-1832) hace protago­nista de la tragedia que lleva su nombre (v.). Nacido en 1522 de una noble familia holandesa, Egmont, valeroso capitán a las órdenes del emperador Carlos V, galardo­nado con el Toisón de Oro y príncipe de Gavre, casó con la hija del conde Palatino del Rin, de la que tuvo numerosa prole, contribuyó a la victoria de San Quintín y, juntamente con Guillermo de Orange, fue gobernador y consejero de los Países Bajos con Margarita de Parma.

Se esforzó en fa­vorecer la tolerancia religiosa y sirvió a la causa de la independencia holandesa, ha­ciéndose así sospechoso a la corte de Fe­lipe II. En 1567, el duque de Alba, enviado a Flandes por el rey de España a sofocar en el país toda idea de emancipación, le mandó detener y, en 1568, le hizo ajusti­ciar. El Egmont de Goethe, hijo del «Sturm und Drang» (v.), debe toda su luz y todo su movimiento a esa corriente estética: el guerrero casi desaparece, los blasones he­ráldicos pierden importancia, y la lucha de las armas se convierte en un combate de ideas al par que la nobleza de alcurnia se sublima en nobleza de carácter y el amor se mantiene tenaz por encima de todo vínculo familiar.

Egmont gusta de vivir entre el pueblo y ser popular, pero al mis­mo tiempo es fiel a Clara y le gusta sen­tirse idolatrado por ella, y ama a su rey, al cual atribuye sus mismos sentimientos, sin darse cuenta de que el mundo no está hecho de benignidad y de amor, y de que los poderosos no aman ni la verdad ni la libertad. Por ello Egmont es encarcelado y sucumbe víctima de su generosa ilusión: su amor a la libertad coincide con el amor por la vida y con un sentido inconscientemente cristiano de solidaridad humana.

Egmont propugna la tolerancia religiosa y la liber­tad política, sobre todo porque ama a los hombres: para él este sentimiento está por encima de toda otra cosa. Incluso en su úl­timo y doloroso monólogo en la oscuridad de su prisión, en el que prorrumpe en un grito casi desesperado reclamando luz, vida y libertad, lo que más le atormenta es ha­llarse solo. Y no se sublima, en la inminen­cia de la muerte, hasta que su alma se le aparece en sueños como símbolo de la li­bertad, y el hijo del propio duque de Alba se le revela súbitamente adicto a sus mis­mos ideales.

Ahora ya no está solo: la mu­jer amada y su ideal se funden en un único amor, y él tiene la sensación de que des­pués de su muerte lo mejor de su ser resu­citará entre los suyos, que después de la glorificación que encuentra en su martirio, volverán a amarle.

G. F. Ajroldi