Dora Spenlow

Primera esposa de Da­vid Copperfield (v.) en la novela de este nombre (v.) de Charles Dickens (1812- 1870). Dora es una fascinadora^ figura de mujer que se conserva niña aún después de la experiencia del matrimonio: tipo nue­vo y extrañamente moderno en la novela romántica.

David se esfuerza en vano por formar su carácter, pero renuncia a ello cuando se da cuenta de que tal carácter está ya formado y no puede rebasar la etapa infantil. La puerilidad de Dora y sus deficiencias como ama de casa no hacen más que añadir una nota delicadamente humorística a los poéticos capítulos en que se describen el noviazgo y la vida conyugal de la pareja. La figura de Dora da ocasión a la pintura de algunos cuadritos de géne­ro en la novela de Dickens, que tienen toda la amanerada gracia de las ilustraciones de los aguinaldos Victorianos.

He aquí, por ejemplo, a la muchacha destacándose sobre el fondo de un invernadero: «Nos detuvi­mos largo rato entre los geranios, y Dora se entretenía a menudo admirando uno u otro, y yo me paraba a mi vez, y Dora riendo levantaba puerilmente del suelo al perro para que oliera las flores, y si los tres no nos hallábamos en el reino de las hadas, yo por lo menos sí estaba allí.

El perfume de una hoja de geranio, todavía hoy, me sume en un estado de estupor en­tre cómico y serio, en el que me pregunto qué especie de cambio se ha producido de golpe en mí; y entonces creo ver un sombrerito de paja y unas cintas azules y un mar de rizos, y un perrito negro levantado por dos finos brazos contra un mazo de flo­res y de hojas luminosas». Dora lleva siem­pre consigo una atmósfera exquisitamente victoriana; así, para hacer una seña a Da­vid, cuelga una jaula de pájaros en la ven­tana del salón, y cuando David le pre­gunta si es capaz de amar a un mendigo como él, le ruega que no sea «espantoso»: «No me habléis de miseria ni de trabajo afanoso — dijo acurrucándose contra mi pe­cho—. ¡No me habléis de eso!» «Amor mío — repliqué—, el mendrugo de pan honra­damente ganado…» « ¡Oh, sí! Pero no me habléis de mendrugos — repuso Dora—.

Y para Gip [el perrito] necesitaremos una chuleta de carnero todos los días a las — doce, pues de lo contrario se morirá». Así, aunque no sea en realidad un «carácter», esa figurita fresca y melindrosa de mujer resulta inolvidable, en su hogar de recién casada, donde todo es nuevo y reluciente, y hasta las flores de las alfombras parecen acabadas de cortar, y en el papel que ta­piza las paredes el follaje diríase que acaba de nacer, y las cortinillas son inmaculadas, y los muebles de color de rosa, y en la per­cha cuelga el sombrerito de paja de Dora con sus cintas azules, y en un ángulo está la guitarra con que Dora acompaña sus canciones.

M. Praz