Don Segundo Sombra

El protago­nista de Don Segundo Sombra (v.), la no­vela gauchesca de Ricardo Güiraldes (1886-1927), es Fabio Cáceres, un muchacho de la pampa, que sólo después de haber cum­plido el duro y azaroso aprendizaje de peón, esto es, de bracero gaucho (v. Gaucho), se entera de que es hijo ilegítimo de un rico estanciero, de quien hereda el nombre y los bienes.

Pero aquel aprendizaje, que constituye casi todo el contenido del libro, se desarrolla bajo la sombra protectora de don Segundo. Vemos primero al muchacho, encanallado en el ambiente de la aldea en la que habita junto a dos «tías» que ape­nas cuidan de él y le dejan vivir en la calle, donde le despabila el trato con los mayores. Hastiado de esa vida, y atraído por la pampa cercana, del mismo modo que los ribereños se sienten atraídos por el mar, una tarde, después de haber estado pescando en un riachuelo de los alrededo­res y de haber meditado largamente sobre su destino, al regresar hacia el pueblo, más descontento y anheloso de evasión que otras veces, oye encabritarse ante sus pasos a un caballo, rápidamente dominado por la serenidad de su jinete.

Inmóvil en el barro, el muchacho se queda viendo alejarse, ex­trañamente engrandecida en el horizonte luminoso, aquella figura de hombre a ca­ballo. «Me parecía haber visto a un fan­tasma, a una sombra, a algo que pasa y que es más bien una idea que un ser; a algo que me atraía como un profundo lago que bebe la corriente del río». Fabio ha visto al gaucho, a la encarnación de sus ansias por huir a la pampa: «Más fuerte que nunca, sentí el deseo de marcharme para siempre de aquel mezquino pueblo. Vislumbraba una vida nueva hecha de mo­vimiento y de espacio». Y poco después, el muchacho entra en una tienda donde vende su pescado, y he aquí que entra el misterioso gaucho y él al oírle hablar se entera de que es don Segundo Sombra; que busca trabajo y se dirigirá al día siguiente a una estancia vecina donde solicitan a un do­mador de caballos; y Fabio le ve desviar con tranquila serenidad la puñalada que intenta darle a traición un borracho y, dominado por la sugestión del misterioso forastero, el muchacho siente que su des­tino está sellado: aquella misma noche hui­rá de su casa y se dirigirá a aquella es­tancia con la esperanza de hallar trabajo en ella para poder estar junto a don Se­gundo.

Hele aquí en el camino de la pam­pa: al lado de don Segundo se hará hombre y se convertirá en un gaucho como él. El argumento de la novela no es otro que la historia de esta metamorfosis y relata poé­ticamente la vida vigorosa y rústica de los pastores de la pampa, que el muchacho recorre en todas sus fases en el espacio de cinco años, para descubrirse al fin dueño de una gran fortuna, a la que sustancial­mente renuncia, ya que no le permitiría ser aquello que con toda su espontánea pasión se había preparado a ser: un gaucho. Ima­ginativa nostalgia que late en el alma de muchos argentinos y que más que algo real, se refiere a algo mítico y actualmente imposible. Al saludar a sus compañeros, Fabio sentía que se despedía de sí mismo y sobre su mente pesaba una incomprensi­ble pena. Y luego le parece comprender y llegar al fondo de su melancolía: «Ya no soy un gaucho».

Pero un gaucho, le dice don Segundo, será siempre un gaucho pase lo que pase. Si no puede serlo en la vida cotidiana, lo será de corazón. En toda la novela domina la figura de don Segundo Sombra, cuyo nombre parece ya encerrar una intención simbólica: Segundo, o sea después de Martín Fierro (v.), y Sombra, para dar a entender que actualmente el gaucho es, más que el hombre vulgar de la pampa, una especie de suprarrealidad mí­tica. Pero si como gaucho don Segundo alcanza el mito, como hombre es siempre real y vivo. En ello reside el sentido de su figura y aun de la novela entera: en ese sustancial equilibrio entre realidad y le­yenda, o espíritu, como para dar a entender que si el gaucho ha desaparecido, como tipo, del panorama visible de la pampa, no ha muerto, sin embargo, y todo hombre de la pampa puede sentir sus ansias y fer­vores e incluso llevarlo y cultivarlo dentro de sí.

A. Dabini