Don Pedro

Pedro I de Castilla, el «Cruel» según unos, «el Justiciero» según otros, ha sido tema predilecto de los poe­tas «no tanto — dice Menéndez Pelayo — por la indomable fiereza de su voluntad ni por el siniestro aparato de sus crueldades o justicias, cuanto por la fatalidad trá­gica que lo envolvió como un torbellino y que no podía menos de mover a compa­sión las entrañas de su pueblo».

Pocos re­yes han sido objeto de más apasionadas controversias. Su carácter violento, sus apa­sionados amores, las luchas con sus her­manos, las terribles predicciones de su muerte y, finalmente, la tragedia de Montiel, tenía que hacer forzosamente de este monarca un importante personaje literario. La mejor obra del canciller Pero López de Ayala (1332-1407) es precisamente la Cró­nica de Pedro 1 (v. Crónicas de los re­yes de Castilla). En ella el canciller pre­senta al rey como un tirano cruel — con­trariamente a la tradición popular, que ha­bía visto en él un monarca justiciero — y considera su muerte, a manos de Enri­que II, como un castigo divino digno de ser tenido en cuenta. Para el canciller Ayala, el interés supremo de la Historia reside, de ‘acuerdo con el criterio tradicio­nal, en lo que tiene de ejemplo moral. Esta orientación se manifiesta sobre todo en di­cha crónica.

El canciller describe con so­brias pinceladas la escena de la muerte del rey en la noche de Montiel, y nos da su retrato moral y físico, seguidos de la aleccionadora reflexión con que finaliza la Crónica: «Dizen que dixo don Pedro dos veces: ‘Yo so, yo so’. E estonce el rey don Enrique conoscióle e firióle con una daga por la cara; e dizen que amos a dos, el rey don Pedro e el rey don Enrique, ca­yeron en tierra e el rey Enrique que le firió, estando en tierra, de otras feridas. E allí morió el rey don Pedro a veinte e tres días de marzo… en edad de treinta e cinco años e siete meses… E fué el rey don Pedro asaz grande de cuerpo, el blan­co e rubio, e ceceaba un poco en la fabla. Era muy temprado e bien acostumbrado en el comer e beber.

Dormía poco e amó mucho mujeres. Fue muy trabajador en guerra. Fue copdicioso de allegar tesoros e joyas… e mató muchos en su regno, por lo cual le vino todo el daño que avedes oído. Por ende, diremos aquí lo que dixo el Profeta David: ‘Agora los Reyes apren­ded a ser castigados todos los que juzgue- des el mundo’, ca grand juicio e maravi­lloso fue éste e muy espantable». Acerca de Pedro I existe un ciclo de romances, algunos bellísimos, que deben ser clasifi­cados entre los romances «viejos», o sea, los que desde fines del siglo XIV y duran­te todo el XV produjo la inspiración popu­lar. Son romances que destacan por su fina elegancia y una certera estilización que sabe eludir todo cuanto no tenga un alto valor estético y una encantadora simplici­dad. Por lo general, resultan hostiles al rey de Castilla, que nos presentan como abrumado bajo el peso de sus crímenes y las visiones del otro mundo, y envuelto en una atmósfera de trágicos y siniestros pre­sagios.

Milá y Fontanals llegó a afirmar que, excepto dos de ellos, todos los roman­ces «viejos» que se refieren a sucesos del reinado de Pedro I se inspiraron más o menos directamente en la citada Crónica de Ayala. Menéndez Pelayo, en cambio, después de un detenido cotejo, deduce que casi ninguno se tomó directamente de ella, pues suelen contener graves inexactitudes históricas y descansan, al menos en parte, sobre tradiciones orales. Los temas de es­tos romances «viejos» que se refieren al monarca castellano son el asesinato del infante don Juan, señor de Vizcaya; la ca­tástrofe de Montiel y, sobre todo, la muerte de don Fadrique, hermano de Pedro I, y de su esposa doña Blanca de Borbón, or­denadas por el rey con la complicidad de doña María de Padilla, con la que se muestra siempre hostil la musa popular, atribuyendo los crímenes, algunos de di­chos romances, a una venganza del esposo  por sostener relaciones ilícitas los dos cu­ñados.

A mediados del siglo XV comenzó muy tímidamente la rehabilitación de Pe­dro I, apareciendo de una manera vaga la figura del rey justiciero. Francisco de Que- vedo (1580-1645) compuso un romance de­fendiendo, entre burlas y veras, a Nerón y a Pedro I. Uno de los mejores romances del duque de Rivas (1791-1865): «Una an­tigualla de Sevilla», es sobre don Pedro I. El escolapio Juan Arólas (1805-1849) se ins­piró, para algunas de sus poesías legenda­rias (v. Poesías de Arólas), en los amores de^ Pedro I con doña Aldonza Coronel y doña María de Padilla. La novela también tomó por tema al monarca castellano, si bien ninguna tiene calidad literaria. De las obras que le dedicó Manuel Fernández y González (1821-1888) cabe citar Men Ro­dríguez de Sanabria (v.). Pero el género literario que más se inspiró en la vida y leyenda que rodean a tan complejo perso­naje, ha sido el dramático.

El teatro del siglo XVII empezó a ocuparse de Pedro I, reflejando de un modo constante la con­tradicción existente entre el personaje de la Crónica de Ayala y el de la tradición popular, creando un rey don Pedro más valiente y justiciero que cruel. El primer autor que le llevó al teatro fue Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635). En sus comedias La niña de plata y Lo cierto por lo dudoso, Pedro I hace el papel de un galán cualquiera — la intriga es de amor y ce­los— aunque sin dejar de conservar algu­nos rasgos de su carácter y poniéndole, además, en contraste con su hermano don Enrique. En las otras comedias El rey don Pedro en Madrid (v.), El Infanzón de Illes- cas, Audiencias del rey don Pedro (v.) y Los Ramírez de Arellano, Lope presenta al rey castellano dominado por la ambición, la soberbia, el celo de la justicia o la vengan­za.

En La Carbonera supone a Pedro I ena­morado de su hermana bastarda, ignorando el parentesco. Juan Ruiz de Alarcón (1581- 1639) hace intervenir al rey de Castilla al final de su vigorosa obra Ganar amigos (v.) para hacer justicia. Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) ensalza a Pedro I como justiciero en el drama de honor y de celos El médico de su honra (v.). Luis Vélez de Guevara (1579-1644) hace que Pedro I per­siga a una dama con sus vanos galanteos en El diablo está en Cantillana (v.). Juan Pérez de Montalbán (1602-1638) escribió en las dos partes de La Puerta Macarena una especie de crónica poética del reinado. Agus­tín Moreto y Cavana (1618-1669) refundió El Infanzón de Illescas en El valiente jus­ticiero y ricohombre de Alcalá (v.). «Ni si­quiera el paréntesis galoclásico del siglo XVIII y primer tercio del XIX — dice Menéndez Pelayo—perjudicó a la populari­dad dramática de don Pedro, pues son va­rias las tragedias en que es protagonista, y hasta en la misma Francia figura como hé­roe en dos tragedias: Pierre le Cruel, de De Belloy (1727-1775), y Don Pedro, de Voltaire  (1694-1778). La primera es absurda y descabellada y en la segunda se falsea la histo­ria…

Los autores españoles de esa época se fijaron principalmente en la dolorosa his­toria de doña Blanca presentando a su esposo con los más odiosos colores». El Romanticismo (v.) volvió a tratar a la española el tema de don Pedro. José Zo­rrilla (1817-1893) escribió el drama El za­patero y el rey (v.) basado en un episodio de la guerra entre Pedro I y Enrique de Trastamara. En esta obra un halo de fata­lidad envuelve al rey don Pedro. Un ho­róscopo le vaticina el final desgraciado. El drama termina con la proclamación de don Enrique como rey por sus soldados, después de la muerte de don Pedro.