San Pedro

Es el jefe de los doce apóstoles. Nacido en Betsaida, a orillas del lago de Tiberíades, fue, por su carácter y su formación, un típico galileo: sincero y ardiente en sus entu­siasmos y espiritualmente desvinculado de las rígidas escuelas farisaicas de Judea.

Empezó siguiendo a Juan Bautista (v.) y luego fue uno de los primeros discípulos llamados por Jesús, el cual cambió su nom­bre de Simón en Kefá (piedra), presagiando así su papel de roca en la que se habría de cimentar la Iglesia. De su primitivo oficio de pescador conservó la aptitud para la observación, que le permitió conservar con extraordinaria lozanía y múltiples de­talles el recuerdo de los años convividos con el Maestro. Características suyas son las intervenciones en las conversaciones con Éste, como inconfundiblemente suya es también la solemne profesión de fe en la divinidad de Jesús.

La figura de Pedro es una de las más atractivas de la historia evangélica por la vivacidad y a veces por la ingenuidad de sus palabras y de sus rasgos. Reacio a admitir que Jesús hubiese de acabar cayendo en manos de sus ene­migos, resistió a los repetidos anuncios de pasión y, convencido, después de la trá­gica conclusión de la vida del Maestro, de la necesidad de sufrir para rescatar a los hombres, hizo de ella una de las bases de su enseñanza. En la noche en que el Sanedrín juzgaba a Jesús se asustó ante las insistentes insinuaciones de los sirvien­tes del sumo sacerdote que le habían re­conocido como uno de los seguidores del Galileo y negó conocerle, pero bastó una mirada de Jesús para hacerle lavar en lágrimas sus cobardes protestas.

Extraordi­nariamente sensible a la estima de Jesús, se entristeció cuando, antes de conferirle definitivamente la primacía sobre los Doce, Aquél le preguntó por tres veces si le amaba. Tras la muerte del Maestro, guió con mano firme los primeros pasos de la Iglesia y resistió al Sanedrín, que quería obligarle al silencio. Valeroso y prudente, supo llevar a feliz solución los conflictos surgidos dentro de la primera comunidad cristiana a propósito de las observancias judaicas. Este hombre tan humilde y tan sincero mereció la reverencia y la sim­patía de todas las Iglesias, y en primer lugar las de San Pablo (v.), quien se dio perfectamente cuenta de la suprema auto­ridad que los fieles atribuían a los actos de Pedro.

Fuera de Palestina, en la pre­dicación, de la que nos queda una muestra en el Evangelio de San Marcos (v.) y en las dos Epístolas (v.) del propio San Pedro, revivió con emoción constantemente reno­vada la inolvidable experiencia de su vida en común con el Hijo de Dios. Vibrante de humanidad, sincero en sus debilidades y humilde en su grandeza, San Pedro es efectivamente uno de los personajes evan­gélicos que el pueblo ha sentido siempre más cordialmente próximos a sí.

S. Garofalo