Don Gil

Figura histórica de eclesiás­tico llegado a la santidad después de gra­ves extravíos; según se puede deducir del Epítome de las historias portuguesas de Faria y Sousa, y de la Historia general de Santo Domingo, de fray Hernando del Cas­tillo (siglo XVI), así como de otras fuentes, fray Gil — conocido después como San Gil de Portugal — vivió entre 1190 y mediados del siglo XIII.

Es el protagonista, entre otras, de dos comedias: El esclavo del de­monio (v.), de Antonio Mira de Amescua (1574/77-1644), y Caer para levantar, San Gil de Portugal (v.), de Matos, Cáncer y Moreto. La segunda sólo es una refundición de los temas de la primera con variantes de escasa monta. Esencialmente, pues, don Gil es, desde el punto de vista literario, un personaje de Mira de Amescua, y si no pareciera irreverente para el canónigo de Guadix, se podría decir que don Gil es el mismo Mira de Amescua. E indudablemente lo es si toda verdadera creación artística es autobiográfica.

Don Gil es un venerable religioso con fama de santo: sus palabras son mágicas, ya que su amor por las cau­sas justas y su caridad convierten incluso a los delincuentes en el propio momento en que van a cometer con toda seguridad su delito. Pero don Gil es una criatura eminentemente pasional, y sus impulsos ha­cia el bien pueden quedar ahogados por un imperioso impulso hacia el mal, hijo de un momento de ofuscación. Don Gil ha impe­dido que don Diego raptase a la bella Li- sarda, que consentía en el rapto; pero la contemplación de ésta dispuesta a ofrecerse y la posibilidad de gozar de ella burlando a don Diego excitan su deseo. A la vana­gloria por el triunfo logrado con sus pala­bras se añade la fascinación de un placer misterioso.

Y el engaño contra Lisarda es urdido y realizado sin vacilar. Para que Lisarda le siga, don Gil le hace creer que don Diego la ha engañado. Y ambos huyen al monte, transformándose en bandidos. Don Gil sirve al mal con la misma vehemencia con que sirviera al bien: enamorado del mal, la enormidad de los delitos le atrae como un embrujo. La visión de la hermana de Lisarda, Leonora, no hace más que ex­citarle a un nuevo crimen: si Leonora es inasequible por las fuerzas humanas, don Gil se entregará al Diablo (v.), firmando una «cédula» por la que a cambio de aqué­lla, le vende su alma. Pero el Demonio sólo le regala una apariencia de Leonora y don Gil se halla estrechando apasionadamente entre sus brazos la imagen de la muerte.

En su angustia invoca al único protector del que no había renegado: al Ángel Custo­dio. Y éste vence contra el Demonio. Don Gil renunciará a sus errores y volverá a hacer penitencia, una penitencia que «ma­ravillará al mundo». Exasperadamente pa­sional, exagerado por naturaleza lo mismo en el bien que en el mal, don Gil es un purísimo ejemplar del Siglo de Oro espa­ñol. En el fondo, su pacto con el Diablo para gozar de una mujer responde perfectamente a su empecatamiento. Entenderse con el Diablo para lograr lo inasequible es, al fin y al cabo, un hecho bastante común: Teófilo (v.), Fausto (v.) o Peter Schlemihl (v.) son sólo variantes del tema eterno: si el Diablo es benigno se contenta con una sombra; si no, quiere el alma. Don Gil fir­ma su pacto con una vehemencia mayor aún que la de Fausto o la de Peter.

Pero una vez más, no hay otra cosa que el acos­tumbrado exceso de celo y de atención para evitar que el fin pueda no ser alcanzado. Si don Gil se salva, no es por haber razo­nado hipócritamente, como Lisarda, sino porque su mismo anhelo de liberación con­fiere a su grito una fuerza sobrehumana. Don Gil puede, como figura, servir para muchos fines: para polemizar sobre la teo­ría del libre albedrío, o para evocar a Gon­zalo de Berceo o para enlazar a éste con Azorín; y sirvió a Mira de Amescua para finalidades teológicas y doctrinales, para finalidades dramáticas y para componer un fresco dotado de rara y terrible potencia. Pero don Gil es esencialmente la personi­ficación de la pasión, una exaltación de las fuerzas primitivas que viven en el in­dividuo y que se desencadenan al impulso de acontecimientos exteriores.

R. Richard