Gilberta

[Gilberte Swann, luego De Forcheville y luego de Saint Loup]. Perso­naje de En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871-1922).

La obra nos da de ella, con especial extensión e inten­sidad, la imagen de su niñez y de su ado­lescencia. A través de los ojos del escritor, nos parece verla brillar por primera vez en las cercanías de una quinta campestre, llevando en la mano algún instrumento de jardinería y rodeada de la aureola de ca­bellos rubios rojizos que brillan a la luz del sol. Es hija de Charles Swann (v.) y de Odette de Crécy (v.), actualmente conver­tida en señora Swann; la niña, en el breve espacio de una mirada o de una mueca, se muestra al joven jinete como si éste le fuera antipático y habrán de pasar algunos años hasta que, por su propia confesión, sepamos que por el contrario el muchacho le gustaba, que a su manera había inten­tado dárselo a comprender y que en rea­lidad quien se mostró tímido fue él.

Hábil como pocos en construir una figura viva a base de la anotación de infinitos momentos a veces apenas perceptibles, y dominador de una técnica que sólo admite compara­ción con la del impresionismo (v.) pictó­rico, Proust parece haber logrado, en la figura de Gilberta, resultados absolutamente excepcionales. La consistencia de la histo­ria de amor con Gilberta se basa en la maravillosa ligereza de la forma narrativa gracias a la cual florece la trama de las trémulas esperas, durante los paseos que el muchacho, acompañado por su ama Fran­cisca (v.), regula hábilmente según el cálculo de las deseadas probabilidades — es­peras cuyo objeto no es únicamente la apa­rición de Gilberta, sino también la de sus padres, considerados poco menos que como personajes fabulosos—; y el delicioso pai­saje de los Campos Elíseos, teatro de los juegos de ambos jóvenes cuando al fin se hacen amigos.

En la memoria del muchacho permanecerán imborrables el generoso don, por parte de Gilberta, de una canica de cris­tal de colores, y el préstamo de un libro del poeta Bergotte (v.), amigo de la familia Swann. Gilberta se mostrará siempre ca­prichosa con su adorador: sumisa unas ve­ces, otras esquiva, otras de una coquetería precoz y ácida, como cuando, dándose cuen­ta del placer que aquél halla en luchar con ella, le propone volver a empezar después de haber sido vencida. «Podríamos luchar un poco más…». En cuanto a la canica de cristal, podrá con el tiempo convertirse en el símbolo del gradual desvanecerse de los sentimientos humanos. Gilberta, con cuya madre Swann se decide a casarse, sobre todo con la esperanza de poder introducir a la joven en el ambiente de la noble fami­lia de Guermantes, no atravesará tan pres­tigiosos umbrales hasta que su madre, lue­go de haber quedado viuda, tome gracias al nuevo matrimonio el nombre de señora de Forcheville.

Pero en su nueva condición, y en otra sucesiva por la que Gilberta se convierte en marquesa de Saint Loup — que es casi lo mismo que una Guerman­tes—, el prestigio del antiguo objeto ama­do no se ilumina sino que se desvanece por completo. Y el joven enamorado, adul­to ya y conocedor de otros amores, habrá de hacerse presentar varias veces a Gilberta, ya que ni siquiera la reconoce. Lo único que recuerda es la imagen de aque­llas lejanas apariciones; y por ello no ten­drá escrúpulo en solicitar a Gilberta, ma­dre a su vez de una muchacha que repro­duce sus gestos y sus facciones de antaño, que le presente a esta niña para volver a sumirse en el clima, ya tan desvaído, de su lejano sueño.

R. Franchi