Dédalo

Es un nombre expresivo, por cuanto significa «artista»: en griego, «trabajar artísti­camente» (en latín, Daedalus). Designa a uno de los más antiguos personajes de la mitología griega, contemporáneo de Minos y Teseo (v.) y constructor del Laberinto de Creta, así como inventor de las alas para el vuelo humano.

En las Metamorfosis (v.) de Ovidio (libro VIII, vv. 183-235) se dice de él, natural de Atenas y perteneciente a la noble familia de los Erettidas, que sufrió un largo destierro en la isla de Creta como castigo por haber matado a Pérdix, hijo de una hermana suya, temeroso de verse superado por éste como artista. Al principio del episodio ovidiano Dédalo sus­pira por la patria lejana y se siente preso del mar que cierra por todas partes la isla de Creta; sin embargo, aunque el rey Mi­nos domine en la tierra y en el mar, no podrá impedir que el infeliz desterrado se le escape por el camino del aire.

Y, así, el príncipe de los artistas pone manos a la obra y fabrica dos pares de alas, uno para sí y otro para su joven hijo Ícaro, que les permitirán volar en el aire como un ave. La descripción de su trabajo está llena de una gracia delicada: en tanto Dédalo dis­pone las plumas empezando por las más pequeñas y las une unas a otras con hilos y cera curvándolas ligeramente para dar al conjunto la estructura de verdaderas alas, el pequeño Ícaro, a quien, como a todos los muchachos, el trabajo paterno despierta el mismo interés de un juego, manosea las plumas y extiende la cera con el pulgar cre­yendo que así ayuda a su padre, cuando lo que hace es estorbarle, y sin sospechar que aquellas alas, ahora inocente pasatiem­po, habrán de ser su desgracia.

Antes de aplicarlas al cuerpo de su hijo, Dédalo las coloca sobre sí mismo: el aire removido por el aleteo de las plumas prueba el éxito del invento; advierte a Ícaro que durante el vuelo no debe acercarse demasiado al cielo o al mar, ya para evitar la humedad de éste, que pudiera añadir peso a las alas, ya para que’ el calor del sol no derritiese la cera; su padre hará de guía, y él le se­guirá. Dédalo, no obstante, conoce bien lo peligroso de tal empresa y llora y tiembla mientras adapta las alas a la espalda de su hijo; luego le da los últimos besos, que ya jamás podrá repetir, y levanta el vuelo.

También éste está relatado con ternura: Dédalo vuela delante de su hijo, pero de vez en cuando, temiendo por él, se vuelve a mirar las alas de Ícaro, cual un ave que guía por primera vez en el aire a su cría recién salida del nido. El arte de Ovidio, pronto siempre a captar los detalles más significativos, describe la extrañeza de pes­cadores y labradores al ver cernerse en el aire a aquellos dos seres, quienes, aunque parecían hombres, debían de ser dioses por cuanto podían volar en el espacio.

Habían ya dejado atrás muchas islas, cuando Ícaro, entusiasmado por el vuelo, cometió la im­prudencia fatal: voló a demasiada altura, aproximándose al Sol, que derritió rápida­mente la cera, con lo que las alas se des­pegaron; el muchacho, agitando inútilmen­te los brazos en el aire que no podía ya sostenerle, cayó al mar y, mientras invo­caba aún el nombre de su padre, fue en­gullido por las olas, sobre las cuales que­daron flotando las plumas de sus alas. El desolado padre nada pudo hacer sino mal­decir su invento; y enterró el cuerpo de su infortunado hijo en una isla próxima a Samos que llamase por ello Icaria; los an­tiguos, asimismo, llamaron también Icario el espacio de mar situado entre las islas de Quíos y Coz, en el que el joven se había precipitado.

G. Puccioni