Dedalus

[Stephen Dedalus]. Personaje de la novela Retrato del artista adolescente (v.) de J. Joyce (1882-1941), en la que se describe el período que media entre su propia infancia y el final de su adoles­cencia, transcurrido en Irlanda, en una familia de católicos observantes y devo­tos de Parnell (1846-1891), apóstol del Home Rule irlandés, a quien, por su popularidad, se llamó «el rey sin corona de Irlanda».

Stephen, tanto en la escuela como en la universidad, siente y piensa mucho, mos­trándose ya esquivo para con sus com­pañeros del colegio de jesuitas de Clongowes y, luego, del de Belvedere, en Dublín; a muy temprana edad inicia un inin­terrumpido monólogo interior. Su vista es imperfecta y la rotura de las gafas le acarrea amarguras y dificultades: «…sólo manteniendo un poco abierto el ojo dere­cho y tapando el izquierdo podía distin­guir las anchas curvas de la letra ma­yúscula».

Aun cuando la vida de Stephen sea igual a la de sus hermanos y compa­ñeros y los acontecimientos externos de los primeros años de su existencia aproxi­madamente los típicos de cualquier mucha­cho, su vida espiritual, celosamente secreta y complicada por una extrema sensibilidad, presenta y define al artista de mañana. Participa en los premios y castigos de pa­dres y maestros, en las pequeñas represen­taciones y fiestas, se enamora de Emma C. y empieza a escribir algunos versos inspi­rados por el recuerdo de ésta, pero, no obstante, observa a sus superiores, a su padre y a los amigos con la mirada algo distante y despiadada propia del que juzga.

Su adolescencia es tenebrosa e inquieta; la miseria va enseñoreándose de su casa; una sombra femenina le atrae a su lecho un atardecer en que se ha extraviado en el barrio bajo de la ciudad. Así, Stephen De­dalus conoce, a los dieciséis años, el pe­cado de la carne; a pesar de ello, dirige luego hipócritamente las oraciones de sus compañeros en la capilla de los jesuitas, externamente presente a las sagradas fun­ciones en tanto su mente acaricia imágenes infernales. Tras los sermones oídos en los ejercicios espirituales en honor de San Francisco Javier, el temor y las meditacio­nes no tardan en resolver esta crisis.

El infierno, los tormentos y el castigo eterno, representados con palabras inexorables y absolutas, le llevan, arrepentido y temblo­roso, hacia la oscuridad de un confesona­rio a implorar perdón y misericordia en nombre de Cristo. Ello da origen a un largo período de vida ejemplar, vigilancia y mortificación de los ‘sentidos; sin em­bargo, al ingresar en la universidad, donde llega con los zapatos rotos y los piojos en el cogote, Stephen Dedalus es una especie de escéptico: cree y no cree; pero le agra­da sobre todo proponer a los amigos y dis­cutir con ellos problemas de estética, arte y literatura, tocado por la gracia de la poesía.

Y no sólo de ésta, sino también del amor: es siempre Emma C. aquella a quien evoca al decir «ella» y cuya imagen grave y graciosa aparece y desaparece, después del baile infantil y el retorno en el ómni­bus de caballos aquella noche lejana, en cualquier pasillo de la universidad, bajo el soportal de la biblioteca o en medio de la animada muchedumbre de las calles de Du­blin. Dedalus se despide del lector con estas palabras: «¡Bienvenida seas, oh vida! Voy, por millonésima vez, en busca de la rea­lidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi alma la conciencia increada de mi raza».

El lector hallará de nuevo a Stephen Dedalus vuelto de París en el Ulises (v.), donde, tras los tres primeros capítulos a él dedicados, se convertirá en una especie de guía para el judío Bloom a través de su larguísima jornada dublinesa, representando, en el simbolismo de la obra, a un Telémaco contemporáneo — y siempre a James Joyce — puesto junto al Ulises de nuestros tiempos.

A. Drago