Dafnis y Cloe

Pro­tagonistas de la novela de Longo el Sofista (siglo III d. de C.) que de sus nombres toma el título (v.), y que tuvo la fortuna de hallar traductores de la talla de Amyot, Caro, Courier y Valera.

Esta pareja ideal de bellísimos e ingenuos pastorcillos ena­morados ha sido imitada y modificada mil veces, particularmente durante el Renaci­miento; su último y lejano eco, ya en los umbrales de la época romántica, es el Pablo y Virginia (v.). Hallados por dos luga­reños mientras mamaban ávidamente, uno de una cabra y la otra de una oveja, Daf­nis y Cloe fueron amorosamente criados en las familias de los dos pastores, quienes, gracias a unos distintivos de gran valor que los niños llevaban colgados al cuello, dedujeron su encumbrado origen.

Ya ado­lescentes, los expósitos fueron ocupados por sus padres adoptivos en guardar ovejas y cabras por las soleadas cuestas de Mitilene. Del ocio casi total y continuado uno y otro día nace un amor intensísimo, aun cuando completamente inocente, que ni al­gunas incidencias protagonizadas por pira­tas deliciosamente helenísticos y mocetones de ciudad con malas intenciones, ni siquie­ra una pequeña guerra, consiguen pertur­bar.

Ambos enamorados se hallan bajo la protección del dios Pan y de las ninfas, a quienes nunca habían dejado de ofrecer dones y melodías silvestres. Finalmente, y casi como por arte de encantamiento, apa­recen de pronto los padres verdaderos, ri­quísimos ciudadanos, y la novela acaba con la boda de ambos jóvenes. No puede decirse que Dafnis y Cloe, por ser típicos, caigan en el amaneramiento.

Cloe se re­vela ya mujer en su bello monólogo, mien­tras lava y cura a su Dafnis; su encanto reside en una sensualidad ingenua aunque poderosa: sus colores son los del verano. Sólo adquiere una más grave e íntima sua­vidad el día nevoso en que recibe, mientras se halla hilando junto al fuego, la inespe­rada visita de Dafnis que ha salido de su casa para cazar. Éste es un personaje aún más agradable, impreciso y pacífico, joven enamorado, incapaz de nada que no sea cantar, apacentar alguna cabra o perder el tiempo con Cloe.

Es fácil imaginarlo ten­dido boca abajo sobre la hierba mirando a su amiga sentada junto a él. Sólo después que una complaciente mujer casada le ha descubierto los tesoros de su experiencia le vemos cambiar, alterado, diríase, por la virilidad y el deseo contenido. Es natural que el relato derive entonces rápidamente hacia el epílogo del amor cumplido.

No obstante, la imagen más persistente de los dos jovencitos es la de las primeras pá­ginas, en que nos aparecen, un tanto vaga­mente, absortos en el verde paraíso de los amores infantiles, a través de un lento ca­minar de las estaciones. Luego, la aparición sobre el mar azul de la primera nave corsa­ria imprime un ritmo más rápido a los acontecimientos y da a las figuras de nues­tros héroes el brillo de la «novela de aventuras».

A. Bertolucci