Heroína de la breve novela de este nombre (v.) del escritor americano Henry James (1843-1916). Rica y hermosa, típica muchacha americana, se detiene en Vevey durante un viaje por Europa y mantiene un «flirt» con el novelista Winterbourne; posteriormente, en Roma, un segundo «flirt» con un cazador’ de dotes, Giovanelli; mientras visita el Coliseo en una noche de luna contrae la malaria y muere.
Sólo ciertas figuras del mismo Henry James han conseguido superar a la heroína de esta frágil e irisada narración, confundible con una comedia costumbrista, en su eficacia como retrato de las más íntimas características de la moderna mentalidad americana. La estupefacción que suscita en el novelista Winterbourne es la misma que frente a esta manera de ser experimentan aún los europeos, habituados por tradición a una coherencia formal, cualquiera que sea, de pensamiento, de sentimiento, de moral, de proceder o de lenguaje.
Winterbourne se siente extrañado de la «libertad y los inesperados caprichos de la muchacha», así como maravillado de su desenvoltura; su «carácter» elude todo término de comprensión al alcance de aquél. Su «pequeño rostro luminoso, dulce y superficial», aun no siendo soso, nada dice a Winterbourne de cuanto su formación europea le hubiera preparado a reconocer. Sólo alcanza a interpretar la despreocupada y atenta seguridad de aquella mirada como la descarada expresión con que una prostituta examina a un cliente; no obstante, su conducta es la de una inocente colegiala.
Y aunque su franqueza sea excesivamente afectada para parecer sincera, la verdad es que no disimula nada. Ciertas palabras que en boca de una rica señorita sólo serían imaginables como movimientos tácticos de un juego de escondite en las antesalas de la sinceridad, se manifiestan limpias de toda segunda intención. Aun cuando Winterbourne encuentre más o menos familiares todos sus actos como realizados en algún tiempo, en cualquier lugar y por alguien, éstos carecen, no obstante, de la significación original o de cualquier otra que pueda atribuirles, y, lo que es aún más desconcertante, no tienen relación aparente con los otros que les preceden o siguen; la suma de estos actos carece de unidad.
Mezcla a una innata sencillez fragmentos de cien diversas normas del código social, colocándolas unas junto a otras a manera de cuentas multicolores, como si nunca hubiera oído hablar de sintaxis o gramática. El instinto de Winterbourne, en cuanto ser humano capaz de percibir los impulsos íntimos «naturales» de sus congéneres, se manifiesta inútil; su conocimiento de las formas sociales europeas no hace más que desorientarle. Su perplejidad es muy razonable, por cuanto Daisy desconoce no solamente estas formas sino aun la misma «forma» en su sentido orgánico y fisiológico más elemental; a pesar de ser la mujer americana «natural» por excelencia, se halla, no obstante, tan alejada de lo que los europeos llaman Naturaleza como de lo que entienden por Mujer.
La falta de coherencia formal (estructura rítmica o dramática, continuidad, lógica y proporción) se da tanto en la vida de su cuerpo como en la de su espíritu; no existe ninguna exigencia interna que requiera que un movimiento continúe, una vez iniciado, su trayectoria dramática: éste puede ser interrumpido a voluntad. Ninguna conformación intrínseca de su espíritu determina qué actitudes le son o no propias: para ella todas son igualmente posibles, cual discos de gramófono que pueden hacerse sonar en cualquier momento, lugar y orden.
Su inocencia es inmaculada; nada hace para salvaguardarla, puesto que no concibe que pueda mancharse: no alcanza a comprender que las sospechas ajenas acerca de su virtud la atañen directamente. Mantiene sin esfuerzo entre ella misma y lo que Winterbourne entiende por vida humana la distancia moral, como el espectador está realmente separado de la acción de una divertida comedia. No cree que la declaración de un galán o el insulto de una vieja dama guarden ninguna relación con ella: escucha las palabras del cortejador como si se tratara de un soliloquio — curioso, jocoso o triste— pronunciado para su solaz, y admira el insulto como un «tour de forcé».
Idéntica separación moral mantiene entre ella y sus propios actos, de los que se juzga totalmente independiente e irresponsable: éstos son también espectáculos ofrecidos para su deleite, como el castillo de Chillón y los Alpes. Tampoco puede concebir que estas acciones deban tener consecuencias o bien formar parte de una unidad cualquiera, ya que para ella son actos puros, sin pasado ni futuro.
Tiende siempre «a otra parte», y ello no porque le disguste el lugar donde se halla o porque desee estar en cualquier otro sitio, sino debido a que su existencia depende de un continuo estado de movimiento, como la estabilidad de un giroscopio de su «rotación»; movimiento del cuerpo y sus miembros y de la mente, que se agita entre puntos diseminados e inconexos; de la lengua, que articula palabras que no proceden de pensamiento o sentimiento alguno por cuanto no son más que manifestaciones de su movilidad; y movimiento de la persona a través de mares, países, continentes y paisajes que no distingue entre sí y para ella sólo tienen significado como «souvenirs» de su paso por esos lugares.
Sin penetrar en nada y sin nada que la penetre, divaga sobre la superficie de la vida humana como una mosca sobre una ilimitada lámina de vidrio; y es precisamente este absoluto desasimiento, esta completa libertad de «verlo» todo sin que nada influya en ella, lo que constituye su honor moral. Lleva consigo en su deambular los ídolos tribales del nómada americano: la amabilidad, la generosidad y el candor propios de aquellos cuyas relaciones tienen que ser demasiado breves para la intimidad o el engaño.
Estas cualidades son la sustancia sin forma de su flotante universo moral; tan sólo la irreverencia para con ellas puede ser capaz de conmoverla. La refinada sociedad romana en el destierro hiere esta sustancia inmaterial con una automática operación de forma social que Daisy interpreta como descortesía. En modo alguno es capaz de comprender la escandalizada acusación de ser ella la amante de Giovanelli, por cuanto no le es posible imaginar en sí misma esa intimidad sexual que juzga pintoresca en los demás.
No es esto, por lo tanto, lo que siente urgente necesidad de negar en el lecho de muerte, sino más bien una suposición de Winterbourne que considera realmente infamante: la de que ame a Giovanelli o le esté prometida. Para ella, amar o «haber contraído un compromiso» sería una horrible mancha en su honor: un vergonzoso descenso hacia la vida humana, una sumisión a su servidumbre y una aceptación de límites humanos para su absoluta libertad metafísica. El carácter de Daisy Miller es la «peculiaridad» principal de las sucesivas figuras de James (v. Isabel Archer, Maggie Verver y Milly Theale).
S. Geist

