Coverdale

Aparece como narrador de La novela de Blithedale (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804-1864). Miles Coverdale es un caballero de Boston prematuramente envejecido, fatigado e in­diferente. Soltero y solo, vive, en un de­cente sibaritismo y entre viajes y frivoli­dades, una vida sin orientación ni finalidad.

Su soledad únicamente adquiere cierto ca­lor al evocar la época en que, joven y pro­metedor poeta, había tenido «fe y fuerza suficientes para alentar generosas esperan­zas sobre el destino del mundo». Y cuenta cómo abandonó su confortable residencia de soltero para unirse a la colonia fourierista de Blithedale. Su participación en el relato — así como en el simbólico drama que se desarrolla en la colonia — es pare­cida a «la que en una representación clásica tiene el Coro (v.), que parece excluido de la posibilidad de una participación personal y cifra por entero su esperanza o temor y su alegría o dolor en la suerte de los demás, con los que mantiene únicamente la rela­ción de esta simpatía».

Lo que Coverdale llama su «papel subordinado» motiva una de las más frecuentes e importantes situaciones morales de* la obra de Hawthorne: la del individuo que, a pesar de la voluntad más tenaz y el más ardiente deseo, está destinado a ser un mero y obligado espectador de la vida humana, impotente para tomar parte en ella. Desde el principio hasta el final de su carrera literaria, Hawthorne vuelve una y otra vez sobre este motivo obsesionante, que es su más típica carac­terística de escritor americano.

Coverdale es una reencarnación de Ethan Brand (v.), cuyo «pecado imperdonable» es su condición de espectador: Brand es el «voyeur», el hombre que escruta «los secretos del cora­zón humano» y que «ve» con mente fría y lúcida lo que los demás sufren en carne viva. Pero aun cuando la inmóvil atención de Coverdale supere a la de Brand, la con­dena moral de Hawthorne se convierte en un reconocimiento de que el espectador es más bien víctima que ofensor: ningún acto de la voluntad puede librarle de la situa­ción en que la vida le ha encerrado.

La si­tuación es «una ciega necesidad» y, con la aceptación de carga moral que ello implica, el espectador adquiere la dignidad dé un coro clásico. Hasta la última línea del re­lato no pone de manifiesto Coverdale el acto de renuncia con que da vuelta definitiva­mente a la llave de su ya cerrado recinto: aceptando su condena como espectador, deja inexpresada una declaración amorosa; las perdidas palabras del frustrado canto de amor de Miles Coverdale fueron escritas sesenta y tres años más tarde por T. S. Eliot para el también frustrado canto amoroso de J. Alfred Prufrock.

S. Geist