Conde Ugolino

[Conte Ugolino]. En­tre los episodios del «Infierno» y el «Pur­gatorio» dantescos, el relativo a Ugolino es el único en que no aparece Virgilio; Dante, sin duda, ha comprendido que la parti­cipación de aquél disminuiría la constante concisión característica del episodio y la tensión que, lentamente acumulada, estalla en la conclusión. ¿Cuál es el tema funda­mental del episodio de Ugolino? Recorde­mos las dos interpretaciones tradicionales.

La primera, entre moral y jurídica, nos la da el propio Dante, moralista y juez del bien y el mal de los hombres. El episo­dio constituye una «sangrienta protesta de la humanidad ofendida contra la venganza y el castigo que traspasan los límites de la misma humanidad» (Croce). En realidad, no es éste el centro poético de la escena, sino sólo su centro optativo y oratorio, el preludio de su poesía. En cambio, la in­terpretación romántica de De Sanctis gira alrededor de Ugolino, al que presenta como víctima y traicionado («…y la poesía no es más que el relato de la traición, narrado no por el traidor, sino por la víctima, convertida en su verdugo») y, al mismo tiempo, como colosal estatua del odio e instrumento de la divina venganza («…todo adquiere proporciones inverosímiles: falta la medida justa; hay algo de pirámide, de coloso, algo gigantesco y primitivo…»).

El centro de la interpretación de De Sanctis es, precisamente, la figura del conde; pero no es exacta la orientación del análisis que de aquélla se sigue. La palabra «dolor» abunda más que cualquier otra («desesperado dolor», «dolorosa cárcel», «el do­lor me hizo morder ambas manos», «bien cruel debes de ser si ya no te dueles», «más que el dolor el hambre pudo»); en cambio, la palabra «traidor» aparece una sola vez («el traidor a quien estoy royen­do»); lo cual, según veremos, no carece de significado.

En nuestra opinión, el motivo central del episodio es éste: la doble cár­cel en que se encuentra Ugolino, prisionero no sólo de la horrible torre, sino también de sí mismo. Oye cómo clavan la puerta inferior de la torre, y no llora, antes bien se siente como petrificado: «quedé petrificado interiormente»; nada dice, por no entristecer a sus hijos: «aquel día y el siguiente permanecimos todos mudos». Sabe muy bien que la puerta está tapiada y que ya nadie vendrá a abrirla, y aun cuando siente deseos de hablar, actuar y maldecir, no puede hacerlo, porque trastor­naría el ánimo de los jóvenes. Sufre y se violenta por los demás, no por él.

La sen­sación que los muchachos tienen, de que su padre es incapaz de ayudarles, este he­cho inexplicable que es un tormento para Ugolino, se convierte en lamento y súplica en aquéllos, acostumbrados a pedir y re­cibir auxilio de los mayores y, en parti­cular, de su padre; creen que la fuerza de éste puede vencer todos los obstáculos; el supremo tormento de este padre, refle­jado en los hijos, consiste ahora en la debilitación y ruptura del habitual vínculo de socorro. De este modo, pues, encierra el padre su propio anhelo en una segunda cárcel, mucho más penosa, y acaba por no hablar más, cautivo de los muros de la torre y de su silencio voluntario.

Pero es imposible resistir continuamente este si­lencio y la fatiga inhumana: «El dolor me hizo morder ambas manos». ¡El breve espacio de la celda en la que Dante sitúa este tema dominante se amplía por medio de abstractas indicaciones astronó­micas, cual la del «mundo» en donde aún sale el sol; y, así, parece como si los des­graciados cautivos expresaran su alejamien­to del mundo que ya no volverán a ha­bitar; las noches y los días transcurren de una manera monótona, faltos de aquella luz que sólo por una rendija del muro pueden contemplar, únicamente «un débil rayo» penetra en la dolorosa cárcel; el poeta idea este misterioso tiempo que, poco a poco, se extingue y derriba, aislán­dolos, a los personajes vivientes.

Los días se suceden, pálidos y sin esperanza; todo concuerda armónicamente con esta vida que se acaba. El cómputo del tiempo que va transcurriendo es siempre muy vago y ‘sumariamente expresado: «muchas lunas ya», etc. El paisaje se desvanece para que pueda destacar mejor el drama de los hombres en una más completa desolación. El tiempo, en suma, no se acopla a los personajes, ni señala ya las horas. Esta misteriosa sugestión aumenta con el lúgubre sueño, solemne y verídico como una revelación. La escena está situada en lo alto de la torre; ni en derredor ni dentro hay nada: ni densas tinieblas rasgadas por fulgores de relámpago, ni misteriosos temo­res; no hay, en la escena, varios planos o bastidores: todo se halla en primer tér­mino y al mismo nivel; la iluminación no esfuma los contornos de las cosas ni produce en ellas sombras, sino que lo define todo nítidamente, reduciendo y aproximan­do los hechos con prodigiosa evidencia.

Significativamente, el dolor de los hijos y el del padre no se hallan desligados; sólo podemos entrever el de aquéllos en cuan­to reflejado en el padre, que no dice «es­taban fatigados», sino «me parecían fatiga­dos», ni «lloraban después del sueño», sino «‘oíles’ llorar después del sueño»; y así por el estilo. Todo ello contribuye a hacer de Ugolino el único personaje del drama. Los demás no son personajes, sino coro. El relato avanza en un sorprendente contrapunto de graves silencios y súbitas ex­clamaciones. Calla el coro de los «huérfa­nos» inocentes; mueren uno tras otro, como trágicos animalillos vencidos y exhaustos, silenciosamente y, diríase, cada uno de ellos lejos de los demás, a la vista del padre, terriblemente presente y lejano.

En la es­tructura del discurso, compuesto por amplias y sencillísimas síntesis, vibran los impulsos retumbantes y apasionados propios de la di­fícil poesía dantesca: « ¿Y de qué, si de esto no, sueles llorar?», etc.; lo mismo ocu­rre en las demás impetuosas invectivas que aparecen en varios momentos («Ay, dura tierra», «Ay, Pisa», etc.). Un ambiente du­ro, agreste, desoladamente inhumano para con personajes profundamente humanos, envuelve este canto XXXIII, que, por su perdurable grandeza, su maestría fantásti­ca y su punzante intimidad, bien pudiera llamarse con toda razón la tragedia de la paternidad.

P. Baldelli