Este personaje aparece en escena cuando se retira el Coro (v.), y sólo en la tragedia o en el drama de gran estilo tiene vida propia y razón de ser, por cuanto su finalidad, como la del Coro, consiste especialmente en establecer una relación entre las clases humanas medias y mezquinas y las figuras heroicas alejadas de éstas.
Si aparece en la comedia, se reduce a un pobre recurso para subvenir a cierta carencia de claridad escénica, y, prácticamente, es inexistente. Su psicología es la de un pobre hombre tradicionalista y conservador puesto por el destino al lado de un personaje superior y, por ende, innovador y revolucionario, al cual se aproxima con amorosa humildad, pero con una absoluta incapacidad para participar en sus sufrimientos y pasiones o ayudarle como sea. El héroe, a su vez, halla en él la posibilidad de un afecto normal y tranquilizador: alguien contra quien no es necesario batallar y a quien no hay que acercarse forzosamente con sentimientos más que humanos.
En ello estriba la humanidad del confidente, antihéroe por excelencia, hombre cualquiera que renuncia incluso a ser personaje y multitud convertida en individuo tras haberse reunido en coro. Hombre o mujer, el confidente nunca sale de la norma: no se rebela contra los poderosos perversos porque, aun lamentando su crueldad, respeta en ellos al poder; no aprueba las grandes pasiones ilegítimas porque venera la legalidad de los vínculos y relaciones, a pesar de que admira la excepcional generosidad de aquéllas. El héroe encuentra de nuevo en él su equilibrio, la manera de juzgarse, y, sobre todo, un público ante quien presentarse sin experimentar una soledad desconsoladora.
Acaso el confidente más completo de la historia del teatro sea el Horacio del Hamlet (v.) de Shakespeare: al lado del más heroicamente desequilibrado de los hombres él es el más discreto, afectuoso y sereno. Hamlet (v.), a veces, le invoca como su único apoyo, y a menudo repite su nombre y busca el puntal de su hombro; Horacio casi no responde ni se mueve, pero está allí, mudo representante de una humanidad normal que puede aún comprender la locura a pesar de que no sepa iluminarla y que está siempre pronta a acoger en su seno al príncipe demente.
El confidente cambió de carácter al desaparecer de la escena los grandes héroes; apenas empezó a menguar la talla de los protagonistas, fue realzándose la del confidente, que intervino con autoridad propia frente a las evidentes exageraciones, haciéndose chismoso y mundano en tanto el heroísmo junto al cual se hallaba era cada vez más ocasional e inhábil. A veces, de manera indirecta, llegó a dar la nota moral, o bien, directamente, a solventar una situación que tendía hacia la catástrofe. Su triunfo de hombre cualquiera sobre la excepción generosa fue, realmente, uno de los más tristes acontecimientos de la historia de los personajes.
U. Dèttore

