Cleopatra

La célebre reina de Egipto es uno de los personajes históricos que con mayor frecuencia han resucitado gracias al arte.

El esplendor de su belleza macerada en los perfumes de Oriente, los refinamien­tos de su «vida inimitable», en la que el lujo, el capricho y la voluptuosidad llega­ron a los más fantásticos extremos, y la grandeza de su tragedia, en la que hubo de enfrentarse o tuvo a su lado a hombres como César (v.), Antonio (v.) u Octavio (v.), se imprimen sobre el fondo del helenismo decadente y enriquecen su leyenda con elementos novelescos que en toda épo­ca sedujeron la fantasía de historiadores, poetas y artistas (v. Cleopatra).

Vista por algunos como una mujer ambiciosa y astuta que se valió de su belleza para fines po­líticos, considerada por otros como una reina perversa y disoluta que arrastró a la perdición a hombres y reinos, y tenida por otros como criatura débil y apasionada que se halló envuelta en una lucha que había de decidir los destinos del mundo antiguo, Cleopatra se nos aparece con todo su ca­rácter enigmático e indiscernible en la tra­gedia Antonio y Cleopatra (v.) de William Shakespeare (1564-1616).

El dramaturgo re­curre ora a elementos históricos, ora a los fantásticos que le brinda Plutarco (Vida de Antonio), pero sabe infundir en unos y otros una vida propia. La reina, que ya no es joven, aparece como una mujer hábil en todas las artes de la fascinación: «La edad no puede marchitarla ni la costumbre puede quitar sabor a su infinita variedad: las otras mujeres sacian los deseos que ali­mentan, pero ella despierta tanta más ham­bre cuanto más se prodiga; y porque las cosas más viles adquieren gracia en ella, los santos sacerdotes la bendicen en su lujuria», dice de ella Enobarbo.

Su delicio­sa volubilidad queda magistralmente puesta de relieve en la escena V del acto II, don­de, por ejemplo, dice al mensajero que, si le trae buenas noticias de Antonio (v.), «he aquí oro y mis venas más azules para que las beses: una mano que los reyes rozaron con sus labios, estremeciéndose al besarla», y luego maltrata al mismo mensajero, en cuanto se entera del matrimonio de Anto­nio con Octavia, amenazándole con refina­das y pueriles torturas. Y cuando observa: «Estoy pálida, Carmiana», recogemos un rasgo que Oscar Wilde habrá de utilizar en su Salomé (v.). Apasionada y caprichosa, figura compleja en la que se mezclan la al­tivez de una reina, la vanidad de una mu­jer, la voluptuosidad, la inconstancia y un sincero afecto, esa criatura ambigua está pintada sin velo alguno de idealización.

Antonio, en un momento de furor, la tra­ta como a la ramera que, aun regiamen­te, es en verdad (III, 13): «Te encontré como un bocado frío en el plato de César muerto; pero no, eras una sobra de Cneo Pompeyo, para no hablar de aquellas horas más viciosas, no registradas por la fama vulgar, que han vivido en tu lujuria; pues, estoy seguro de ello, por mucho que puedas imaginar lo que debería ser la con­tinencia, no sabes lo que es». Es un per­sonaje que más que trágica dignidad, ex­hala un hechizo más sutil: el encanto de un temperamento de mujer de placer tan amorosamente pintado como jamás lo hi­ciera poeta alguno.

Los románticos crista­lizarán este personaje en una especie de ídolo fatal, mucho menos vivo que la cam­biante criatura shakespeariana (así, por ejemplo, Gautier en Una noche de Cleo­patra, v.; Pushkin, en sus Noches egipcias, v.; Swinburne, en La máscara de la reina Betsabé, etc.).

M. Praz