Clefta

Es el héroe de todo un ciclo de cantos populares neogriegos, los cuales florecen desde la mitad del si­glo XVIII hasta 1821 aproximadamente, o sea durante la época de auge de los com­batientes de la libertad en las montañas de Grecia central y septentrional.

El canto cléftico es esencialmente lírico, no se pier­de en amplificaciones narrativas, sino que generalmente habla de un solo personaje (Kitsos, Iotis, Liakos, etc. — la mención de un nombre imprime al relato un particular hechizo y un tono de solemnidad—) y de un solo episodio. Sin embargo, dentro del tono lírico adquiere relieve la figura del clefta que viene a encarnar el nuevo tipo ideal admirado a la sazón por el helenismo moderno: el hombre excepcional que tiene conciencia del resurgimiento de la liber­tad.

En contraste con los cantos acríticos (véase Akritas) más antiguos, en los cuales el héroe estaba dotado de cualidades sobre­naturales y de una maravillosa fuerza fí­sica, el canto cléftico se ciñe a un nuevo realismo. El clefta no lleva a cabo hazañas increíbles ni sobrenaturales; lo que le dis­tingue son sus cualidades puramente espi­rituales: su valor, su orgullo varonil, la nueva conciencia de la libertad y, en una palabra, la altivez — «Puesto que Sterghio vive no hay pachá que le asuste», o «Liaco tiene por pachá a su espada y por visir a su fusil» —; por ello mismo le vemos a veces rogar a sus compañeros que le cor­ten la cabeza a fin de evitar que caiga en manos del enemigo.

Otros cantos, unas ve­ces con nostalgia otros en tono de lamen­tación, nos describen la vida del clefta: añoranza de la hermosa existencia en plena naturaleza primaveral—«Que me duerman las perdices y me despierten los ruiseño­res» — o lamentación por la vida atribulada y llena de peligros — «Todo el día comba­tiendo, y por la noche, de centinela»—. También aquí el tono es lírico: los cantos hablan siempre de la naturaleza y de la primavera expresando con ello una vez más el afán de libertad, que la figura del clefta representa plásticamente.

L. Politis