[Claude Frollo]. Personaje de Nuestra Señora de París (v.), de Víctor Hugo (1802-1885), es el hombre silencioso y solitario que en su corazón oculta el infierno; el asceta atormentado que, de golpe, siente despertar en lo más íntimo de su ser, al ver pasar a una gitana, la latente rebelión de la carne.
Figura casi abstracta, en la que el bien y el mal, lo angélico y lo demoníaco, luchan frenéticamente entre sí, y dentro del cual el oscuro esfuerzo de las especulaciones medievales y la angustia indefinida del Romanticismo rebelde se alían en un trágico sentido de sufrimiento y de derrota. No le falta sin embargo una especie de psicología simbólica que le da vida y consistencia; ya antes de conocer a Esmeralda (v.), Claudio Frollo es una criatura de sombra: sus meditaciones están presididas por la duda, su fe está resquebrajada por las exigencias de su razón y su superioridad moral no es en realidad otra cosa que un envaramiento exterior que habrá de desvanecerse en cuanto el mal que serpentea en su persona le llegue al corazón.
Aunque haya recogido, en una pila de agua bendita de la catedral, a un pequeño monstruo abandonado y le haya dado sustento y habitación, no puede decirse que ame a los hombres: todos sus actos, todos sus movimientos están sometidos a la solución de este problema de gigantesco egocentrismo. Convertido en bienhechor por una experiencia egoísta, no vacilará en empujar al delito a su deforme ahijado Quasimodo (v.), en cuanto la pasión se haya apoderado de él: un abismo de insensibilidad le separa de los demás hombres.
El personaje romántico y postrromántico del sacerdote obsesionado y secretamente pecaminoso resurge en él de las leyendas del Medievo con nueva vitalidad, para pasar luego a la novela verista y a la de la decadencia. Entonces se convertirá en una criatura totalmente hecha de carne, cuyo drama será analizado con la concreta minuciosidad de un cuadro clínico, hasta que, al declinar de su parábola, se convertirá en puro clima en el Pafnucio (v.) de Anatole France.
U. Déttore

