Claudina

[Claudine]. Protagonista de la novela de su mismo nombre, de Colette Villy (pseudónimo de Sidonie-Gabrielle Co­lette, 1873-1954). «Decidme — escribe Claudina desde su oscuro alojamiento parisiense a las amigas que se han quedado viviendo entre los bosques en que nació —, decidme, ¿ha llegado la primavera? ¿Han florecido ya las violetas en los setos? Éstos eran los días en que su perfume embriagaba…» Na­die le contesta.

Durante toda su vida, Claudina estará haciendo inútiles preguntas a los hombres; sólo la Naturaleza le contes­tará con sus voces más imperceptibles, más secretas y más llenas de amor: el crujir de las hojas, el rumor de los arroyos o el zumbido de las abejas.

Voluptuosamente, Claudina acaricia el aterciopelado lomo de su gato, y poca diferencia hay para ella entre eso y acariciar los cabellos canos de su viejo marido: refinadamente salvaje, la extraña muchacha se desvive en el amor por todos los seres vivientes, ya se trate de las olvidadas violetas de los bosques, ya de su gato, ya de su marido; es un pequeño animal sensitivo, fresco y dotado de una inteligencia cuyas raíces y cuya fuerza arrancan del instinto; el bien y el mal de su vida no pertenecen a ninguna categoría moral, sino que son la perpetua aventura del ser en su necesaria contradicción, lógica y natural como lo es la de las estaciones o la de la noche y el día. ¿Primitiva o primordial y salvaje? Nada de eso: Claudina es una mujer sonriente y buena como se­rían todas las mujeres si las dejase intactas una civilización que se ha fabricado sin ellas y sin tener en cuenta su naturaleza, que en Claudina se asemeja tanto a la de una nube o a la de una margarita, o a la de la gata Fanchette; se le asemeja tanto que incluso lo absurdo y lo antinatural se encuentran en ella como algo inocente, «mo­ral» y sin historia. «Me alejan — escribe Claudina-Colette en 1949—, me alejan de las cosas…»

La muerte está, pues, en ca­mino para la criatura que «en las cosas» vivió hasta trasfundirse en ellas y resca­tarlas de su impasibilidad y llevarlas a la humana perfección de su ser natural: un acto humano, más allá de la «naturaleza», es el que realiza Claudina cuando cons­ciente y serenamente se sustrae al goce físico de vivir mortificando su juventud al lado de los cansados días del hombre ama­do: ¿Ama, pues, como una mariposa, ama como un tigre, esa bestezuela de Claudina? ¿Ama por sí sola, para ser amada? Claudi­na se ignora a sí misma.

Y su historia se cierra con la sonrisa que ilumina su bello rostro despierto y claro, apenas velado por la melancolía, cuando da finalmente su gran respuesta a la vida y a las preguntas que ésta le plantea. Dicen que Colette creó en Claudina un «tipo de mujer» a imitación de sí misma. En realidad, lo que hizo fue únicamente fundir en su propio retrato el rostro desconocido de tantísimas mujeres que no logran ser ellas mismas, irónicamen­te reales como ella fue en su vida y en las páginas donde la pequeña Claudina les en­seña cuán fatalmente necesario es para el orden profundo y para la serenidad de la naturaleza, que en cada corazón haya una chispa de inconsciente anarquía.

G. Veronesi