Clarisa Harlowe

[Clarissa Harlowe]. Heroína de una novela de Samuel Richardson (1689-1761), Clarisa (v.), y de varias obras teatrales inspiradas en ella.

Aunque hoy esté casi olvidada, Clarissa, muchacha virtuosísima, perseguida y traicionada por sus padres, por los hombres y por el desti­no, tiene en la historia de la literatura una importancia singular, ya que con ella se inaugura una galería de jovencitas senci­llas y perseguidas, entre las cuales figurará por ejemplo, la Justine de Sade (v. Justina o Las desventuras de la virtud), y tantas otras heroínas de novelas «negras».

Clarissa se nos muestra en situaciones patéticas, en una casa de mala nota, encarcelada por deudas y finalmente en su lecho de muerte dictando sus últimas voluntades, perdonan­do a todos e incluso disponiendo los em­blemas que habrán de figurar en el ataúd que manda llevar a su cuarto para utili­zarlo de momento como escritorio. Así languidece, se macera y se apaga en el dolor Clarissa Harlowe, en la flor de su juventud y de su belleza, «la cual, si se considera su tierna edad (19 años), no ha dejado tras de sí a ninguna otra que la supere en amplitud de cultura ni en vigilante pru­dencia, y apenas una que la iguale por su inmaculada virtud, su piedad ejemplar, la suavidad de sus maneras, su discreta ge­nerosidad y su verdadera caridad cristia­na».

La virtud es perseguida en este mun­do, pero triunfará en el cielo, y Lovelace (v. Roberto Lovelace), que la ha seducido, sueña en poder ver la angélica figura de Clarissa, toda vestida de blanco, subiendo entre coros de ángeles hasta las regiones de los serafines, mientras el suelo se hunde bajo los pies del seductor, que se precipita en un abismo sin fondo; aproximadamente lo mismo que acontecerá con la más cé­lebre de las jóvenes perseguidas, la Margarita (v.) del Fausto (v.).

Con Clarissa empieza la procesión de tantas y tantos mártires de la virtud nacidos, entre las pá­ginas de una novela, para el sacrificio, y victoriosos, como los mártires antiguos, en medio de su derrota. Pero aquella por la cual se inmolan es una virtud pálida, abs­tracta, hecha de imágenes pero no de in­tuiciones, de sentimientos, pero no de éxtasis. Una virtud que vive en el espectáculo del sentimiento más que del sentimiento mismo, y que no tiene por verdadero ob­jeto salvar a nadie, sino hacer llorar. Por ello, ante la inocente Clarissa perseguida por los intereses familiares, violada por un canalla, rechazada por la sociedad y que abandona sus desdichas juntamente con la vida, hoy sonreímos, aunque sin burlarnos de ella, ya que como personaje hizo todo cuanto pudo, y sólo hombres de carne y hueso hubieran podido hacer, a la vez, mu­cho menos y algo más.

U. Déttore