Clara

Protagonista de la tragedia Ma­ría Magdalena (v.) de Friedrich Hebbel (1813-1863). La idea religiosa del sacrificio expiatorio por otra persona informa, desde la primera página hasta la última, la obra maestra dramática de Hebbel: de ahí su simbólico título.

El pensamiento abstracta­mente enunciado en un aforismo de su «dia­rio»: «Obrar sufriendo: idea de la mujer», se concreta aquí en la aterradora visión de una criatura humana, a la vez culpable e inocente, que desesperadamente se debate entre la angustia de vivir y la angustia de morir, en un círculo cerrado, sin salida: situación trágica que la poesía germánica expresa, ya desde sus orígenes, con un solo vocablo único e intraducibie: «Not». En efecto, toda palabra y todo ademán de sus familiares o de las personas extrañas son para Clara, desde el momento en que cedió a la voluntad de Leonardo, el hombre a quien odia y desprecia, una nueva herida en el corazón.

Sola, terriblemente sola en las tinieblas del alma, que por momentos se van haciendo más tupidas, después de la muerte de su madre, del encarcelamiento de su hermano y de la amenaza que su pa­dre le hace (v. Señor Antonio) de quitarse la vida si también ella deshonra a su fa­milia, Clara ve brillar sólo por un ins­tante un rayo de luz en medio de su ciega prisión: cuando, después de haber confe­sado su culpa al hombre que amó desde su infancia y en quien ahora ve a su salvador, espera temblando que él pronuncie la única palabra que puede sacarla de su abismo y redimirla: la palabra de amor, de compa­sión y de perdón que borre el pasado y la haga suya para siempre.

Pero éste es sólo un instante en todo el drama: la respuesta del Secretario en quien el imperativo ca­tegórico del honor ha sofocado aquel grito desesperado, equivale para Clara a una sentencia de muerte. La vida de Clara de­pende de aquel único instante, y bastan dos palabras suyas para sellar, en el mo­nólogo que sigue a su conversación con el Secretario, su inevitable destino: «Ich dachte…» («Me figuré…»). Dos palabras y una sonrisa, que nos dice el trágico des­pertar de un sueño que ha durado lo que un abrir y cerrar de ojos.

Luego, después de la última tentativa de salvar aunque fuera pagándola con la muerte en su alma — pues no hubiera tenido otro significado para ella su matrimonio con Leonardo — la vida de su padre y la de la criatura que palpita en su seno, no le queda a Clara otro refugio que el que pueda hallar entre los brazos de Aquel que es el padre de los humildes y de los abandonados y que de buen grado concede su perdón. El drama, que se inicia con una bien intencionada alusión a la Parábola de las Diez Vírgenes, se cierra con un último grito, con una úl­tima imploración muda a la piedad divina, para que, abatiendo los falsos númenes, vuelva a reinar en los corazones el Dios de la caridad. Éste y no otro es el sentido de la muerte voluntaria de la moderna Magdalena.

C. Grünanger