Incorporado al teatro durante la época del Renacimiento, César se convierte en personaje de la tragedia Julio César (v.) de William Shakespeare (1564-1616).
Aunque domina todo el drama, en él se trata, más que de su figura real, de su imagen exaltada hasta el apoteosis, de su proyección eterna. En efecto, hasta el momento de su asesinato, sólo se nos presentan rasgos menores, casi mezquinos, de su carácter; cierto es que triunfa, pero triunfa sobre sus conciudadanos; nos da un ejemplo de la superstición romana cuando pide a Antonio que en su carrera como «Luperco», toque a Calpurnia para curar su esterilidad; en el relato que hace Casca ^ de los comicios en el foro, la figura de César se nos ofrece bajo una luz teatral: «Cuando se ha dado cuenta de que el vil rebaño quería que rechazase la corona, se ha abierto la toga y les ha ofrecido el cuello para que se lo cortaran»; en la segunda escena del acto segundo se insiste nuevamente sobre su superstición, mientras que sus protestas de valor y de firmeza caen casi en el vacío cuando cede a los ruegos de su mujer; le vemos también desdeñoso para con «su» Senado y demasiado sensible a las adulaciones de Bruto, que le hace cambiar de nuevo su línea de conducta.
Sólo parece grande en su cortesía para con los senadores que vienen a acompañarle al Senado, y en la frase que dirige a Artemidoro cuando éste le insta a leer la carta en que le revela la conjuración: «Lo relativo a nuestra persona será tomado en consideración al final». Pero una vez muerto, su aspecto heroico se destaca: así cuando Antonio nos lo describe vencedor de los Nervios. Algunos críticos han intentado explicar este contraste sosteniendo que, si Shakespeare hubiera hecho de César un personaje a la altura de su fama, las figuras de los conspiradores hubieran resultado tan mezquinas que el efecto dramático de la tragedia habría quedado anulado.
Por otra parte, Shakespeare no siente como Marlowe ninguna predilección por los personajes de estatura titánica, hasta tal punto que Bernard Shaw ha podido escribir en su prólogo a Three Plays for Puritans: «Shakespeare, que tan perfectamente conoció las debilidades humanas, no conoció jamás una fuerza humana de tipo cesáreo. Y así su César es indudablemente un personaje fracasado, mientras que su Rey Lear es una obra maestra». Si el dramaturgo da a César menos estatura que la que éste en realidad poseyó, ello no se debe pues a ninguna tesis política — ya que no pueden caber dudas acerca de su culto a la realeza y su repulsión por el populacho y la demagogia—, sino que se enlaza con su concepción de las criaturas humanas, fáciles presas de la fragilidad, de la vanidad y de la imperfección, y siempre víctimas, por muy nobles que sean.
De ahí que una triunfante afirmación de superioridad como el «veni, vidi, vici» de César, pueda ser llamada por Shakespeare, por boca de sus personajes (Beatriz en Como gustéis, V, esc. 2-30, o la Reina en Cimbelino, III, 1, 22-24), «una bravuconada». Y de ahí también que en la representación de César viviente se dé tanta parte a la anécdota (César a punto de ahogarse, César sordo de un oído, etc.), y finalmente se recurra precisamente a César para subrayar la vanidad de las cosas humanas en el Hamlet, V, 1: «El imperioso César, muerto y convertido en arcilla, podría servir para tapar un agujero y no dejar que entrara el viento. ¡Pensar que aquel pobre polvo que tuvo sujeto al mundo deba taponar una pared para cerrar el paso al cierzo!»
M. Praz

