Carmen

Una de las más famosas figu­ras modernas de la femineidad fascinante y devastadora, debe su popularidad a la ópera de Georges Bizet.(1838-1875) así titu­lada (v.) más que a la bellísima novela (v.) de Prosper Mérimée (1803-1870). Ésta es la causa de que existan dos Carmen.

Una de ellas es la gitana de la narraoión, de la que Théophile Gautier cantaba en Esmal­tes y camafeos (v.): «Carmen est maigre, un trait de bistre / Cerne ses yeux de gitane: / Ses cheveux son d’un noir sinistre, / Sa peau un diable la tanne». Es ésta una personificación del amor funesto, que rei­vindica sus derechos a la inconstancia con el mismo heroísmo con que tantas otras mujeres de excepción defendieron la cons­tancia de su amor, y es, como ellas, capaz de afrontar incluso la muerte.

Su alma tor­nadiza es intrépida y decidida, su capaci­dad de pasión se funde con una más pro­funda ansia de libertad, y los desgraciados presagios que siente en su naturaleza la recluyen en una soledad trágica y salvaje. Más simple y universal es la Carmen de la ópera, la cigarrera procaz a la que el amor se presenta naturalmente como una multiplicidad.

Tras los tipos románticos de la mujer celestial y la de infernal maldad, junto a los tipos eslavos de mujer inquieta y ansiosa de lo nuevo, siempre a la deriva de un interno vagabundear, y a los nór­dicos de mujer descontenta y antagonista del hombre, esta Carmen introduce la mu­jer fatal de tipo español, con una violencia hija del sol y de la sangre. Su inconstancia es sincera e instintiva, cual voz de los sen­tidos que parece revelar una originaria po­liandria. La exasperación del hombre, que la juzga necesariamente desde el punto de vista masculino, aviva en ella las ideas de traición y perfidia.

Pero tanto en la pri­mera como en la segunda de las figuras es­tudiadas, su terrible inocencia no suscita precisamente la sonrisa, y, aun cuando su alma tenga una singular y natural energía, a través de ella se manifiesta cuanto hay en la naturaleza de brutal y desconfiado mediante su secreta y maligna oposición al idealismo que el hombre siempre alienta en su interior y procura mantener aun en la ciega pasión de los sentidos.

Nada nuevo ha podido añadir a Carmen el cine. En el primer film que a ella se refirió (1914), Jesse Lasky inspiróse particularmente en la ópera, presentando una Carmen de hon­da sensualidad. La de Feyder (1926) es más refinada y artística, pero aparece deslum­brada por una mera búsqueda de actitudes y escenas y entibiada por una especie de hermético esteticismo.

V. Lugli